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miércoles, 6 de diciembre de 2017

Payaso enamorado

                                                Imagen del pintor surrealista Marc Chagall





                          Payaso enamorado 



     

     Colgada de mi solapa una margarita amarilla suelta un chorro de agua cuando los niños se acercan a olerla. Un payaso malo malo.
     Ni siquiera estoy exento de limpiar la mierda de elefante aunque simule piruetas en la cuerda floja. Me visten con un frac de exagerados faldones y una capa como si fuera un señor que entra o sale de la ópera. Opepepepera. Hago como que tropiezo, pero no, pero sí, pero ¡ay! Trastabilleo tambaleante y, por fin, caigo. Todo el mundo ríe, ríe, ríe…
     Soy un payaso obligado de chiste y gracia; al que le toca subir a las alturas de la casita ígnea de papel y cera, allá arriba, rozando el techo de lona. Tengo miedo. Siempre tengo miedo, un día de estos seguro que me mato. Me intentan rescatar los enanos bomberos, sus mangueras no funcionan y en vez de agua sueltan confetis. Muuuuy divertido.
     El fuego crece, ya siento el calor. Me abraso.
    Ella, la soñada de mis sueños, ahora está en la primera fila mezclada de público, hace su parte del número en la que le toca temblar por mí, para que la gente, por empatía, la imite. Estrategia comercial. Se lleva las manos a la boca, exagera el gesto y cierra los ojos aunque hace trampa mirando entre los dedos. Parece una película muda de los años veinte, una película histriónica de amor.
     Soy un pobre imbécil enamorado de una paloma.
     En el circo también está mi Jefe, el Jefe Mayor de los payasos del circo, el mandamucho, el contratador que no paga mucho, el sabelotodo del cucurucho, el del gorro de cono estrellado y la cara blanca, un hada madrina desvirtuada. Me grita, azuza a la gente que corea el ¡tírate, tírate…! Y claro que me tiro al diminuto círculo de agua, no queda otra, si no me lanzo se incendia la casa conmigo dentro.
     Un calvario, aunque peor era cuando me dedicaba a inflar sopladeras para los niños en aquel parque donde la conocí. Una mujer con sus dos hijos arañaba el monedero y se quejaba por el precio de los dichosos globitos y yo hacía vulgares perros salchichas, ratones Mickeys Mouses y jirafas, muchas jirafas...,  entonces, cuando la vi desdibujada a través de la goma traslúcida, entre lo dedos me nacieron globos en forma de rododendros, endecasílabos, esternocleidomastoideos, boas con elefantes dentro y  elefantes con sombreros. Figuras absurdas y desesperadas.
     Se apagó el parque, los niños, mis zapatos grandes de colores. Todo menos sus ojos de ópalo y su boca de rosa.
     —Chico, ¿has trabajado alguna vez en el circo?
     Y aquí estoy en la cuerda floja con el corazón hecho añicos, porque ella, caprichosa, no se decide a quererme, me vuelve loco con su no/sí, es mi sino.
     Escucho el redoble del más difícil todavía y miro y admiro a mi amada volatinera cuando hace equilibrios sujeta del aire, sortea la vida justo por donde los pájaros tiemblan. A veces se digna echar un vistazo desde su altura a éste pobre payaso de nariz fluorescente que enciende y apaga a golpe de aplausos.
     Voluble al fin, la princesa ha elegido al trapecista, un chico guapo y fuerte a quien el público admira con el cuello en escorzo y un prolongado ¡Ohhhhhhhhh! o ¡Ahhhhhhh!, y yo un menguado idiota enamorado que quisiera ser tan alto como la luna, como la luna, como la luna.























domingo, 26 de noviembre de 2017

Loulita






                           LOULITA




     Suele ocurrir, sobre todo en noviembre, que los cachalotes, zifios, calderones y delfines se acercan a nuestras islas huyendo de las corrientes frías del norte. Tuvimos la fortuna de verlos en su ruta migratoria desde el balcón asomado al Atlántico del lugar donde nos alojábamos. Después bajamos al puerto a ver la llegada de las barcas. El agua bullía a pocas millas de la costa.
     — Solo es un banco de sardinas acorraladas por los delfines —apuntó mi marido y añadió, como si fuera un experto, que hoy estarían muy baratas.
     Era tanta la abundancia de peces que las barcas estaban pletóricas. 
     Al mediodía almorzamos en "Casa Lola". Su dueña, ¡cómo no!, nos obsequió con unas sardinas asadas, la acompañamos con un vino joven del lugar de sabor afrutado servido en pequeñas jarras de cristal heladas de la que enseguida dimos buena cuenta. Luego nos atendió su hija a la que bauticé Loulita porque una pareja de extranjeros, los únicos clientes del local además de nosotros, se despidieron de ella, con un “grasias Loulita, todo mucha rico”. 
     Loulita era una mujer joven, vestía de riguroso negro incluido el delantal de grandes bolsillos de dónde sacó un cuaderno de notas y lápiz que mojaba con la punta de su lengua antes de apuntar la comanda.
     — ¿Qué desean comer lo señores? —y se lanzó a recitar con voz monótona cien mil platillos diferentes; todos empezaban con un tenemos… 
     — ¿Qué es lo que huele tan bien? 
     — ¡Ah!, es una garbanzada para la familia, si quieren les pongo una tapa para que la prueben. 
     Dos rancheras mexicanas se repetían de manera alterna, una era la de “Adelita”, y la otra cantaba y contaba sobre una pena de amor y una ausencia, su estribillo entonaba un sentido “no tengo paz, ni puedo hacer la guerra”; el vocalista arrastraba hasta el infinito la e de la gueeeerra, daba ganas de llorar y pedir más vino, tan fresquito que entraba sin querer queriendo. 
     La madre y la hija se sentaron a dar cuenta de los garbanzos familiares en una mesa cercana a la entrada de la cocina. Sobre sus cabezas pendía un helecho gigante, parecía una espada frondosa de Damocles que en cualquier momento aplastaría a las dos Lolas. La madre, al terminar de comer, subió las escaleras esquivando las calabazas secas que adornaban los escalones,  un peldaño sí, un peldaño no; colgada de un clavo una ristra seca de pimientos, y de otro clavo, un collar de ajos. El verde de la pared y el naranja de las calabazas alegraban el comedor dándole un aire festivo y un tanto caduco, hasta el san Pancracio de una estantería con su vaso de perejil como ofrenda, parecía estar felizmente dispuesto a premiar los billetes de lotería que le encomendaban. 
     Loulita tomaba café echando un vistazo de vez en cuando a nuestra mesa por si necesitábamos algo. Sacó un sobre de su bolsillo gigante y leyó su contenido muy seria inclinada sobre el papel. 
     — Seguro que es una carta de su marido muerto en la guerra —comenté. 
     — ¿Pero qué guerra ni qué niños muertos, si aquí no hay guerras? No inventes, anda..., y además, ¿cómo va a recibir cartas del finado?, los muertos no escriben... le voy a decir que quite las puñeteras rancheras, me duele la cabeza. 
     — No, déjalo, igual se ofende, y la pobre está triste ¿no lo ves? 
     — No se puede estar triste con esas piernas que Dios le ha dado. 
     Del luto de la falda asomaba la insolencia de un muslo joven y por un momento sentí celos de Loulita. Enseguida irrumpieron en el comedor dos niñas con uniforme escolar de mano de su padre. 
     — Mira, ahí tienes al fallecido —señaló mi marido con sorna. 
     El difunto besó a la viuda quien apartó la cara esgrimiendo en el aire lo que por lo visto era una cuenta impagada. 
     Mi marido pidió más vino y un postre casero endulzado con "guarapo", el jugo de la palmera canaria. Dejó una buena propina sobre el platillo de la mesa y alabó la comida. 
     —Todo muy rico, sin embargo, tengo dos observaciones que hacer: no me gustan las rancheras, y usted, Loulita, no tiene piernas de viuda. 
     De la boca de una de las niñas escapó la risa porque lo recitó con el tono solemne que presta el vino a la voz, de manera algo teatral, de pie, una mano en el pecho y la otra extendida. Yo sabía que lo hacía para hacerme sonreír porque esa mañana los delfines y calderones habían bailado delante de nuestros ojos, y sobre todo porque, por un día al menos, olvidamos nuestras diferencias, lo realista y serio que es él, la soñadora que habita en mí. 




lunes, 20 de noviembre de 2017

Los viajes de Alicia


                                                       


                          Los viajes de Alicia

     Al principio, cuando empecé a crecer, nadie le dio importancia. Mi madre decía que era normal después de unas fiebres dar el estirón, así que me bajó el vuelto de las faldas pero al poco tiempo tuvo que comprarme ropa nueva; pronto volvió a quedarme todo pequeño. El doctor dijo que era una muchacha demasiado alta para mi edad, por supuesto no creyó que hubiera crecido tanto en tan pocas semanas, creía que mi madre exageraba. En posteriores visitas y después de innumerables pruebas dictaminó gigantismo. 
     Mamá seguía pensando que era una chica esbelta sin el muy. Pasaba las hojas de las revistas de moda mojando el dedo índice, un gesto que nunca he soportado, daba pequeños golpecitos sobre las modelos diciendo: —¿Ves?, ¿las ves? ¡Son todas taaan elegantes! —y añadía ilusionada un ¡hija, imagínate recorriendo las pasarelas del mundo entero!
     —No me gusta nada viajar. 
     —¡Bah! Tonterías, solo tienes que ponerte derecha y aprender a dar un paso detrás de otro sin mover las caderas. 
     Se negó a que me hicieran más exámenes, como si inclinarme para no tropezar con los vanos de las puertas fuera normal. Cuando mi cabeza casi rozó el techo intentó apuntarme en algún equipo de baloncesto. 
     —Pero si yo no sé jugar. 
     —Ya aprenderás cielo. 
     Mis amigas me visitaban a menudo, después se espaciaron sus visitas hasta que dejaron de venir. Me sentía sola. 
     Mamá colocó espejos en mi cuarto seguro que con la misma generosa intención que para con su amado periquito solitario. El pobre se cortejaba a sí mismo, regurgitaba la comida en un intento vano de agasajar a su reflejo. Un día amaneció muerto en su jaula, el veterinario diagnosticó irritación del buche. 
     Yo seguía creciendo a velocidad vertiginosa, me dolían las articulaciones como si estuvieran tironeando de mí todo el rato. Pronto se vio que era imposible que la casa me contuviera, nos mudamos a la finca donde se hicieron obras para que me sintiera más a mis anchas. ampliaron los techos con claraboyas descapotables por si me apetecía estirarme y echar un vistazo fuera. Desde mi almena oteaba los pueblos vecinos, la ciudad donde vivíamos antes y un poquito del país de al lado cuando las nubes me dejaban verlo. Empezaba a disfrutar. 
     —Podrías hacerte meteoróloga y predecir el tiempo —insistía mi madre. 
     Ya no le contesto nunca, ahora sueño y viajo, viajo y sueño. 
     Cuando estoy arriba, en lo alto, por encima del mundo, se expande la bóveda del cielo, las galaxias, los infinitos caminos celestes. A mi lado los halcones vuelan con el gesto correcto y justo, rara vez aterrizo, ni siquiera cuando mi madre me grita desde abajo con las manos ahuecadas sobre su boca: —¡Eh nena, baja a merendar! 










sábado, 11 de noviembre de 2017

Encaje verde en la mirada





                       Encaje verde en la mirada




     Con la hiedra enredada en la sien desciende la destartalada escalera que baja a la playa, de sus ojos penden los verdes ensueños de su lejana infancia. Cuando intenta una frase se traban los recuerdos en la punta de su lengua, tropieza con los labios, burbujean un momento y luego se apagan de repente. 
     Se podía sentir, sin embargo, la magia en su mirada. Es una catarata, un torrente de agua, un velero en alta mar, una alondra, una niña jugando a la pata coja, cien globos elevándose en  el cielo. A veces es consciente de que tan solo estaba alucinando, pero se vuelve a olvidar enseguida y remonta el vuelo.
     La bruma desdibuja su perfil y el rumor del Atlántico apaga su quedo acento rizado de "lerenes", entona como una salmodia lo del cochecito lerén, me dijo anoche lerén, que si quería lerén, montar en coche lerén.
     Paseamos despacio por la orilla, los tobillos de la anciana se alivian del peso de los años. Saluda a un caballero que hace el gesto de quitarse el sombrero y ella responde con una amable sonrisa, coquetea un poco, ahueca su precioso pelo y roza la orquídea que adorna su vestido violeta. Es Chano el pescador, y su carruaje tirado por caballos, su barca. Le compro un cartucho de sardinas que ella confunde con un racimo de fragantes rosas.
     Me enfado con los chiquillos que nos siguen cuando uno de ellos  imita a la vieja. 
     —¡Andrés, te vas a enterar cómo se lo diga a tu madre!
     Después cedo mi turno a la enfermera de tarde que entra en la casa con un rebufo de vientos que barre los sueños dorados y mueve las hojas del libro abierto sobre la mesa, parece que una mariposa blanca abra un ala y luego la pliegue.Su saludo es tan profesional y aséptico que araña la casa; pluraliza el ¿cómo nos encontramos hoy?, y sin esperar respuesta coloca de nuevo enseguida las pequeñas cartulinas de colores que anuncian realidades: vaso – tenedor – plato – mesa – silla – libro - televisor .
     Doña Esperanza arranca la pegatina amarilla en el mando de la tele que pone “mando”, y cambia decidida los canales a velocidad vertiginosa: Un nuevo atentando en... la Dirección General de Tráfico alerta sobre las lluvias que provocaron anoche... el gobierno intervino doscientos millones de... lava más blanco... el Tribunal Supremo rechaz... a solo 19,54 Euros gastos de envío incluíd... la jornada de liga se... 
     Me despido con un ligero hasta mañana doña Esperanza. 
     —¿Entonces mañana me llevarás al parque mamá?
     —Claro que sí —respondo.
     Sonríe, y yo con ella. Tiembla un encaje verde en su mirada.





domingo, 5 de noviembre de 2017

Parodia sobre un paraguas



                                                          
                                                         Por favor... leerlo con música




                       Parodia sobre un paraguas




     Si tuviera que definirme, diría de mí mismo que soy un objeto formado por una superficie cóncava e impermeable sujeta a una estructura de varillas dispuestas alrededor de un eje central; por el lado opuesto termino en un mango por donde suelen asirme. Mi objetivo primordial es impedir que quien me porte no se moje con la lluvia, un artilugio pulcro y frugal, no del todo eficaz, porque tuve el gravísimo infortunio de ser regalado a una provinciana isleña, para más INRI, de secano.
    En fin, como todo el mundo sabe, soy un paraguas.
   Cuando paseamos, ella debajo y yo sobre ella, la lluvia sobre ambos con el tumulto de su música líquida salpicándonos, más que caminar chocamos con otros peatones, y continuamente se excusa con el ¡ay perdón! o el ¡usted disculpe!
     No sabe que hacer conmigo, tropieza con un escalón, o contra la esquina de una mesa, trastabillea, es torpe, no me pliega con presteza cuando estamos dentro de un habitáculo, lo cual, además de atraer la mala suerte, impide el paso por la puerta hecha para salir, o para entrar, no para atascarla con un paraguas, porque me sacude dentro, no fuera, y después me deja en cualquier sitio con el peligro de que alguien pise el charco que deja mi huella y se rompa la crisma.
     La isleña no está acostumbrada a llevar prendas de invierno y, además, es de naturaleza lenta comparada con los acelerados  peninsulares; entre que se quita el abrigo, la bufanda, los guantes... ya todo el mundo se ha comido su ración de churros madrileños y el café se ha enfriado, entonces, en ayunas, vuelve a colocarse toda la ropa de nuevo encima, y me abre, me cierra, o me clava como si fuera una daga virtual en la espalda o el vientre de cualquier ciudadano tranquilo que se asusta al ver a una loca haciendo cabriolas, piruetas absurdas y desesperadas. Un pánico atroz se apodera de todos ellos que enseguida se apartan, y hacen bien.
     Podrían haberme regalado a cualquier otra persona acostumbrada a utilizarme con soltura, a veces incluso me usan de bastón, o de cayado, puedo ser un elemento útil, a la par que elegante. En la oscuridad soy un faro, un resguardo en la tormenta, una cúpula satinada, una guarida confortable.
     Cuando me busca en el fondo del rincón donde me relega, por fortuna llueve poco en su isla Atlántica, procuro hacerme pequeño, diminuto e invisible, pero dado mi tamaño termina por encontrarme y someterme de nuevo a los vaivenes de su inexperta mano.
     Ahora mismo intenta cerrarme, o abrirme, no se lo que pretende, me agita como una posesa, hace trisss trasss, hasta que consigue romperme alguna varilla. Suspiro, un suspiro paragüil, me armo de paciencia, quedo algo descompuesto y torcido con la vana ilusión de que se olvide de mí en cualquier esquina, con la vacua esperanza de que alguien con carnet de conducir paraguas me maneje con cierta cordura y con un poco más de respeto.



sábado, 28 de octubre de 2017

Manifiesto






                               Manifiesto




     

     Soy un ombligo teócrata, una primerísima persona, un dedo acusador, quien habita en la mente del censor, cuchillo, tijera y fuego.
     Fui Torquemada, martillo de los herejes, Inquisidor General de las Españas por la gracia de Dios, amén.
     Soy el cura que incitó, y el barbero que quemó los libros de caballería del hidalgo don Alonso Quijano… más de cien libros grandes y unos cuantos pequeños. Quien no tembló con la nana de las cebollas, con la tuberculosis de Miguel Hernández, con su reja y con su muerte.
     Soy jorobada y nocturna. La aludida de Lorca condenada a vaga astronomía de pistolas inconcretas.
      No soy un cielo estrellado.
     Soy la sombra del 30 de agosto del 80 en Buenos Aires, y en el año 33, en Berlín, ahogué las palabras de los judíos, sodomitas, lesbianas, pacifistas, gente no aria-germana de mal vivir y peor pensar. En Florencia fui Savonarola, la hoguera de las vanidades en la que quemé el kool de los ojos de las ciudadanas, quien prohibió los adornos, los peines repujados de plata, la música, el amor fuera del seno de la iglesia, la alegría de vivir, las palabras de Petrarca, una Venus de Milo apenas velada y aquel comentado boceto de Miguelangelo que enseñaba atributos.
     No soy luna, ni luz.
    Soy oficiosa oscura, una hipócrita revestida de apología. Soy secesión. Prosopón. Máscara griega.
     En cualquier rincón del mundo acecho buscando alimento para las llamas. Soy la mano ígnea de un pirómano. Hongo que crece en las sombras. Husmeo a quienes son diferentes a mí: a un negro, a una virgen renacentista, a una música No Wagneriana, a un pensador, a una fórmula matemática, al sudor del amor sin consagrar, a un concepto filosófico, a una columna griega, a una emoción fuera de la norma establecida, a una vacuna, a una rata, a un pensamiento existencialista, o a una puta.
     No soy amanecer, ni esperanza, ni horizonte.
     Sí soy experta en reducir la esencia del  ser humano.
    Soy quien bate alas cuando te señalo, la guardia negra, una camisa azul, quien sospecha de ti, un libro quemado, lengua de fuego, una escupidera, una ojeadora de indicios pecaminosos, un discurso vacío.
     Soy la temperatura idónea para que arda el papel a 233º C.
     Soy superior a ti, a ti, y a ti.
     Soy la intolerancia.

viernes, 20 de octubre de 2017

Guillermo

                                             Aportación para la segunda edición de relatos
                                                              "TINTERO DE ORO"


                                                                  Guillermo



     Según la leyenda que corría por el lugar, Guillermo fue el muchacho más aguerrido del campamento, sin embargo, el señor Herman III, director del curso de verano del colegio suizo donde los padres del muchacho decidieron enviarlo, opinaba que entre aguerrido y gamberro existía más que una sutil diferencia semántica. 
     El señor Herman hablaba casi sin despegar los labios, en voz baja y farfullando frases tan retorcidas que Guille no tenía que consultar su diccionario para saber que "el dire" lo estaba insultando, eso sí, con educación máxima. No se fiaba nada de él, con los labios apretados pronunciaba un haga usted el favor, y con los ojos un porque lo mando yo y punto. Claro que el chico era experto en detectar el sarcasmo, venía entrenado de su casa con el “tête à tête” o rifirafe habitual de su familia, pues aunque su padre era español y su madre de la dichosa Helvetia, cuando la pareja discutía solía hacerlo en la lengua materna.
     La entrada al salón la presidía un enorme retrato del fundador del ilustre colegio, el señor Herman I. Igualito a su nieto, el mismo gesto rancio, similar porte, parecía una paloma de buche inflado por culpa del historiado nudo de la abultada corbata de seda blanca, clavada en ella un alfiler  de rubí heredado por Herman III quien solía lucirlo en acontecimientos importantes del centro escolar. 
     Cada vez que se entraba en la sala era obligado saludar al retrato con una leve inclinación. Algunos de los alumnos hacían una reverencia tan profunda  ante el señor director difunto que casi rozaban el suelo con sus cabezas para beneplácito del señor director vivo.
     Guille no saludaba, al principio por despistado, luego porque no le daba la gana. Como castigo ejemplar se le prohibió concursar en el juego de maquetas. Su montaña helvética no participaría en el concurso de “La mejor montaña suiza del curso del verano 2017”. Ni el de la chocolatada "La mejor chocolatada suiza del curso del verano 2017”. Sin embargo, cuando el director se enteró de la maestría del chico en el tiro con arco, lo animó a participar en el concurso de “Flecha del verano 2017”. 
     Cuando le tocó su turno el día del concurso, Guille se colocó en la línea de tiro, los pies ligeramente separados para lograr un buen equilibrio. Su talante era serio y concentrado. 
     El señor Herman se frotaba las manos, había visto practicar al muchacho, y  sin ninguna duda, lograrían hacerse con el ansiado trofeo que siempre conseguía arrebatarle el prestigioso colegio rival. 
     Guille levantó la mano del arco situándola lo más arriba que pudo sin perder de vista la diana; asió la cuerda con los dedos índice, anular y corazón; apuntó manteniendo la tensión en los músculos de la espalda, luego la soltó sin abrir casi los dedos y dejó que la cuerda hiciera su trabajo. Su mano se desplazó hacia atrás rozando su cuello y mandíbula en una dirección opuesta a la trayectoria de la flecha. 
     Todo el mundo permanecía expectante. El director aguantó la respiración.
     Mantuvo la misma postura mientras la flecha volaba por encima de la diana, sobrevolando la mesa de los gruyeres y emmenthales,  las cubetas de plata de chocolate fundido… rauda y certera entró por la puerta principal abierta de par en par, clavándose en el puente de la nariz del insigne fundador Herman I. 
     A Guille le hubiera gustado mucho hacer diana en mitad de su frente, pero en fin, nadie es perfecto. 
     Soltó todos los pertrechos a los pies del atónito director: el arco, las palas, el carcaj y la correa, se disculpó con un cuanto lo siento señor Herman, otro año será… y dándose la vuelta, agarró una manzana del frutero y le dio un buen mordisco