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lunes, 20 de noviembre de 2017

Los viajes de Alicia


                                                       


                          Los viajes de Alicia

     Al principio, cuando empecé a crecer, nadie le dio importancia. Mi madre decía que era normal después de unas fiebres dar el estirón, así que me bajó el vuelto de las faldas pero al poco tiempo tuvo que comprarme ropa nueva; pronto volvió a quedarme todo pequeño. El doctor dijo que era una muchacha demasiado alta para mi edad, por supuesto no creyó que hubiera crecido tanto en tan pocas semanas, creía que mi madre exageraba. En posteriores visitas y después de innumerables pruebas dictaminó gigantismo. 
     Mamá seguía pensando que era una chica esbelta sin el muy. Pasaba las hojas de las revistas de moda mojando el dedo índice, un gesto que nunca he soportado, daba pequeños golpecitos sobre las modelos diciendo: —¿Ves?, ¿las ves? ¡Son todas taaan elegantes! —y añadía ilusionada un ¡hija, imagínate recorriendo las pasarelas del mundo entero!
     —No me gusta nada viajar. 
     —¡Bah! Tonterías, solo tienes que ponerte derecha y aprender a dar un paso detrás de otro sin mover las caderas. 
     Se negó a que me hicieran más exámenes, como si inclinarme para no tropezar con los vanos de las puertas fuera normal. Cuando mi cabeza casi rozó el techo intentó apuntarme en algún equipo de baloncesto. 
     —Pero si yo no sé jugar. 
     —Ya aprenderás cielo. 
     Mis amigas me visitaban a menudo, después se espaciaron sus visitas hasta que dejaron de venir. Me sentía sola. 
     Mamá colocó espejos en mi cuarto seguro que con la misma generosa intención que para con su amado periquito solitario. El pobre se cortejaba a sí mismo, regurgitaba la comida en un intento vano de agasajar a su reflejo. Un día amaneció muerto en su jaula, el veterinario diagnosticó irritación del buche. 
     Yo seguía creciendo a velocidad vertiginosa, me dolían las articulaciones como si estuvieran tironeando de mí todo el rato. Pronto se vio que era imposible que la casa me contuviera, nos mudamos a la finca donde se hicieron obras para que me sintiera más a mis anchas. ampliaron los techos con claraboyas descapotables por si me apetecía estirarme y echar un vistazo fuera. Desde mi almena oteaba los pueblos vecinos, la ciudad donde vivíamos antes y un poquito del país de al lado cuando las nubes me dejaban verlo. Empezaba a disfrutar. 
     —Podrías hacerte meteoróloga y predecir el tiempo —insistía mi madre. 
     Ya no le contesto nunca, ahora sueño y viajo, viajo y sueño. 
     Cuando estoy arriba, en lo alto, por encima del mundo, se expande la bóveda del cielo, las galaxias, los infinitos caminos celestes. A mi lado los halcones vuelan con el gesto correcto y justo, rara vez aterrizo, ni siquiera cuando mi madre me grita desde abajo con las manos ahuecadas sobre su boca: —¡Eh nena, baja a merendar! 










sábado, 11 de noviembre de 2017

Encaje verde en la mirada





                       Encaje verde en la mirada




     Con la hiedra enredada en la sien desciende la destartalada escalera que baja a la playa, de sus ojos penden los verdes ensueños de su lejana infancia. Cuando intenta una frase se traban los recuerdos en la punta de su lengua, tropieza con los labios, burbujean un momento y luego se apagan de repente. 
     Se podía sentir, sin embargo, la magia en su mirada. Es una catarata, un torrente de agua, un velero en alta mar, una alondra, una niña jugando a la pata coja, cien globos elevándose en  el cielo. A veces es consciente de que tan solo estaba alucinando, pero se vuelve a olvidar enseguida y remonta el vuelo.
     La bruma desdibuja su perfil y el rumor del Atlántico apaga su quedo acento rizado de "lerenes", entona como una salmodia lo del cochecito lerén, me dijo anoche lerén, que si quería lerén, montar en coche lerén.
     Paseamos despacio por la orilla, los tobillos de la anciana se alivian del peso de los años. Saluda a un caballero que hace el gesto de quitarse el sombrero y ella responde con una amable sonrisa, coquetea un poco, ahueca su precioso pelo y roza la orquídea que adorna su vestido violeta. Es Chano el pescador, y su carruaje tirado por caballos, su barca. Le compro un cartucho de sardinas que ella confunde con un racimo de fragantes rosas.
     Me enfado con los chiquillos que nos siguen cuando uno de ellos  imita a la vieja. 
     —¡Andrés, te vas a enterar cómo se lo diga a tu madre!
     Después cedo mi turno a la enfermera de tarde que entra en la casa con un rebufo de vientos que barre los sueños dorados y mueve las hojas del libro abierto sobre la mesa, parece que una mariposa blanca abra un ala y luego la pliegue.Su saludo es tan profesional y aséptico que araña la casa; pluraliza el ¿cómo nos encontramos hoy?, y sin esperar respuesta coloca de nuevo enseguida las pequeñas cartulinas de colores que anuncian realidades: vaso – tenedor – plato – mesa – silla – libro - televisor .
     Doña Esperanza arranca la pegatina amarilla en el mando de la tele que pone “mando”, y cambia decidida los canales a velocidad vertiginosa: Un nuevo atentando en... la Dirección General de Tráfico alerta sobre las lluvias que provocaron anoche... el gobierno intervino doscientos millones de... lava más blanco... el Tribunal Supremo rechaz... a solo 19,54 Euros gastos de envío incluíd... la jornada de liga se... 
     Me despido con un ligero hasta mañana doña Esperanza. 
     —¿Entonces mañana me llevarás al parque mamá?
     —Claro que sí —respondo.
     Sonríe, y yo con ella. Tiembla un encaje verde en su mirada.





domingo, 5 de noviembre de 2017

Parodia sobre un paraguas



                                                          
                                                         Por favor... leerlo con música




                       Parodia sobre un paraguas




     Si tuviera que definirme, diría de mí mismo que soy un objeto formado por una superficie cóncava e impermeable sujeta a una estructura de varillas dispuestas alrededor de un eje central; por el lado opuesto termino en un mango por donde suelen asirme. Mi objetivo primordial es impedir que quien me porte no se moje con la lluvia, un artilugio pulcro y frugal, no del todo eficaz, porque tuve el gravísimo infortunio de ser regalado a una provinciana isleña, para más INRI, de secano.
    En fin, como todo el mundo sabe, soy un paraguas.
   Cuando paseamos, ella debajo y yo sobre ella, la lluvia sobre ambos con el tumulto de su música líquida salpicándonos, más que caminar chocamos con otros peatones, y continuamente se excusa con el ¡ay perdón! o el ¡usted disculpe!
     No sabe que hacer conmigo, tropieza con un escalón, o contra la esquina de una mesa, trastabillea, es torpe, no me pliega con presteza cuando estamos dentro de un habitáculo, lo cual, además de atraer la mala suerte, impide el paso por la puerta hecha para salir, o para entrar, no para atascarla con un paraguas, porque me sacude dentro, no fuera, y después me deja en cualquier sitio con el peligro de que alguien pise el charco que deja mi huella y se rompa la crisma.
     La isleña no está acostumbrada a llevar prendas de invierno y, además, es de naturaleza lenta comparada con los acelerados  peninsulares; entre que se quita el abrigo, la bufanda, los guantes... ya todo el mundo se ha comido su ración de churros madrileños y el café se ha enfriado, entonces, en ayunas, vuelve a colocarse toda la ropa de nuevo encima, y me abre, me cierra, o me clava como si fuera una daga virtual en la espalda o el vientre de cualquier ciudadano tranquilo que se asusta al ver a una loca haciendo cabriolas, piruetas absurdas y desesperadas. Un pánico atroz se apodera de todos ellos que enseguida se apartan, y hacen bien.
     Podrían haberme regalado a cualquier otra persona acostumbrada a utilizarme con soltura, a veces incluso me usan de bastón, o de cayado, puedo ser un elemento útil, a la par que elegante. En la oscuridad soy un faro, un resguardo en la tormenta, una cúpula satinada, una guarida confortable.
     Cuando me busca en el fondo del rincón donde me relega, por fortuna llueve poco en su isla Atlántica, procuro hacerme pequeño, diminuto e invisible, pero dado mi tamaño termina por encontrarme y someterme de nuevo a los vaivenes de su inexperta mano.
     Ahora mismo intenta cerrarme, o abrirme, no se lo que pretende, me agita como una posesa, hace trisss trasss, hasta que consigue romperme alguna varilla. Suspiro, un suspiro paragüil, me armo de paciencia, quedo algo descompuesto y torcido con la vana ilusión de que se olvide de mí en cualquier esquina, con la vacua esperanza de que alguien con carnet de conducir paraguas me maneje con cierta cordura y con un poco más de respeto.



sábado, 28 de octubre de 2017

Manifiesto






                               Manifiesto




     

     Soy un ombligo teócrata, una primerísima persona, un dedo acusador, quien habita en la mente del censor, cuchillo, tijera y fuego.
     Fui Torquemada, martillo de los herejes, Inquisidor General de las Españas por la gracia de Dios, amén.
     Soy el cura que incitó, y el barbero que quemó los libros de caballería del hidalgo don Alonso Quijano… más de cien libros grandes y unos cuantos pequeños. Quien no tembló con la nana de las cebollas, con la tuberculosis de Miguel Hernández, con su reja y con su muerte.
     Soy jorobada y nocturna. La aludida de Lorca condenada a vaga astronomía de pistolas inconcretas.
      No soy un cielo estrellado.
     Soy la sombra del 30 de agosto del 80 en Buenos Aires, y en el año 33, en Berlín, ahogué las palabras de los judíos, sodomitas, lesbianas, pacifistas, gente no aria-germana de mal vivir y peor pensar. En Florencia fui Savonarola, la hoguera de las vanidades en la que quemé el kool de los ojos de las ciudadanas, quien prohibió los adornos, los peines repujados de plata, la música, el amor fuera del seno de la iglesia, la alegría de vivir, las palabras de Petrarca, una Venus de Milo apenas velada y aquel comentado boceto de Miguelangelo que enseñaba atributos.
     No soy luna, ni luz.
    Soy oficiosa oscura, una hipócrita revestida de apología. Soy secesión. Prosopón. Máscara griega.
     En cualquier rincón del mundo acecho buscando alimento para las llamas. Soy la mano ígnea de un pirómano. Hongo que crece en las sombras. Husmeo a quienes son diferentes a mí: a un negro, a una virgen renacentista, a una música No Wagneriana, a un pensador, a una fórmula matemática, al sudor del amor sin consagrar, a un concepto filosófico, a una columna griega, a una emoción fuera de la norma establecida, a una vacuna, a una rata, a un pensamiento existencialista, o a una puta.
     No soy amanecer, ni esperanza, ni horizonte.
     Sí soy experta en reducir la esencia del  ser humano.
    Soy quien bate alas cuando te señalo, la guardia negra, una camisa azul, quien sospecha de ti, un libro quemado, lengua de fuego, una escupidera, una ojeadora de indicios pecaminosos, un discurso vacío.
     Soy la temperatura idónea para que arda el papel a 233º C.
     Soy superior a ti, a ti, y a ti.
     Soy la intolerancia.

viernes, 20 de octubre de 2017

Guillermo

                                             Aportación para la segunda edición de relatos
                                                              "TINTERO DE ORO"


                                                                  Guillermo



     Según la leyenda que corría por el lugar, Guillermo fue el muchacho más aguerrido del campamento, sin embargo, el señor Herman III, director del curso de verano del colegio suizo donde los padres del muchacho decidieron enviarlo, opinaba que entre aguerrido y gamberro existía más que una sutil diferencia semántica. 
     El señor Herman hablaba casi sin despegar los labios, en voz baja y farfullando frases tan retorcidas que Guille no tenía que consultar su diccionario para saber que "el dire" lo estaba insultando, eso sí, con educación máxima. No se fiaba nada de él, con los labios apretados pronunciaba un haga usted el favor, y con los ojos un porque lo mando yo y punto. Claro que el chico era experto en detectar el sarcasmo, venía entrenado de su casa con el “tête à tête” o rifirafe habitual de su familia, pues aunque su padre era español y su madre de la dichosa Helvetia, cuando la pareja discutía solía hacerlo en la lengua materna.
     La entrada al salón la presidía un enorme retrato del fundador del ilustre colegio, el señor Herman I. Igualito a su nieto, el mismo gesto rancio, similar porte, parecía una paloma de buche inflado por culpa del historiado nudo de la abultada corbata de seda blanca, clavada en ella un alfiler  de rubí heredado por Herman III quien solía lucirlo en acontecimientos importantes del centro escolar. 
     Cada vez que se entraba en la sala era obligado saludar al retrato con una leve inclinación. Algunos de los alumnos hacían una reverencia tan profunda  ante el señor director difunto que casi rozaban el suelo con sus cabezas para beneplácito del señor director vivo.
     Guille no saludaba, al principio por despistado, luego porque no le daba la gana. Como castigo ejemplar se le prohibió concursar en el juego de maquetas. Su montaña helvética no participaría en el concurso de “La mejor montaña suiza del curso del verano 2017”. Ni el de la chocolatada "La mejor chocolatada suiza del curso del verano 2017”. Sin embargo, cuando el director se enteró de la maestría del chico en el tiro con arco, lo animó a participar en el concurso de “Flecha del verano 2017”. 
     Cuando le tocó su turno el día del concurso, Guille se colocó en la línea de tiro, los pies ligeramente separados para lograr un buen equilibrio. Su talante era serio y concentrado. 
     El señor Herman se frotaba las manos, había visto practicar al muchacho, y  sin ninguna duda, lograrían hacerse con el ansiado trofeo que siempre conseguía arrebatarle el prestigioso colegio rival. 
     Guille levantó la mano del arco situándola lo más arriba que pudo sin perder de vista la diana; asió la cuerda con los dedos índice, anular y corazón; apuntó manteniendo la tensión en los músculos de la espalda, luego la soltó sin abrir casi los dedos y dejó que la cuerda hiciera su trabajo. Su mano se desplazó hacia atrás rozando su cuello y mandíbula en una dirección opuesta a la trayectoria de la flecha. 
     Todo el mundo permanecía expectante. El director aguantó la respiración.
     Mantuvo la misma postura mientras la flecha volaba por encima de la diana, sobrevolando la mesa de los gruyeres y emmenthales,  las cubetas de plata de chocolate fundido… rauda y certera entró por la puerta principal abierta de par en par, clavándose en el puente de la nariz del insigne fundador Herman I. 
     A Guille le hubiera gustado mucho hacer diana en mitad de su frente, pero en fin, nadie es perfecto. 
     Soltó todos los pertrechos a los pies del atónito director: el arco, las palas, el carcaj y la correa, se disculpó con un cuanto lo siento señor Herman, otro año será… y dándose la vuelta, agarró una manzana del frutero y le dio un buen mordisco



domingo, 15 de octubre de 2017

Mama don’t go








                                                   Mama don’t go

    

     Al sepelio acudió mucha gente. Mi padre y yo, después de tan larga ausencia no recordábamos a casi nadie, sin embargo nos mantuvimos firmes; en cambio el abuelo, ¡tan querido y respetado!, no paraba de estrechar manos y recibir abrazos de condolencias por la muerte de su hija, y a mí, a su único nieto, me presentaba a todo el pueblo.
     Entre los tres sumábamos una sombra.
     La boca del oficiante hablaba de una mujer desconocida. La modulada voz navegaba por la nave pronunciando a una amante esposa, madre e hija querida.
     —No se puede reducir a una mujer en virtudes teologales —murmuró algo molesto mi padre.
     Al final me besaron por riguroso orden social: la señora marquesa, el alcalde, el boticario…, todo el mundo invadió mis mejillas.
     Pasé aquella tarde en la que fue habitación  de mi madre y en la que no había ya casi nada que hablara de sus gustos juveniles, ni siquiera libros, solo un camisón blanco que, al olerlo, pareciome sentir su esencia apuntando que el pareciome, aunque es correcto, solo lo utiliza los escritores rancios y ampulosos.
     — Venga, a cenar —interrumpió mi padre las ensoñaciones —date prisa.
    El abuelo me preguntó si estaba cansado.
     En la sobremesa se puso a contar sobre el dichoso teatro, lo que más le gustaba, porque como fue tramoyista le interesaba todo lo que ocurría detrás de cualquier escenario, incluso en las trastiendas de las iglesias. Contaba que había una, la del Corpus Christi, donde cubrían a un Cristo de bronce con un lienzo que hacían descender con un mecanismo de poleas y maromas. Descorrían velos bajo los humos del incensario mientras se iluminaba la nave central poco a poco, como si el mismísimo Dios descendiera de los cielos.
     —Una puesta en escena muy efectista —comentó mi padre.
     Mi abuelo hacía maniobras de palabras, no se si para distraerme o para llenar el silencio de la casa. Hablaba y hablaba y yo lo único que quería era llorar, así que para no derrumbarme escapé del comedor con la excusa de que sí, de que estaba cansado.
     Ya en el cuarto puse uno de sus discos de vinilo en el caduco pick-up y escuché la canción que tanto le gustaba a ella, y me pareció, o pareciome, que traducía mis sentimiento con el vuelve a casa mamá, ven, vuelve, no te vayas.

          Mama don’t go
          Daddy come home
          Mama don’t go
          Daddy come home…














sábado, 7 de octubre de 2017

Historia de un moreno





                        HISTORIA DE UN MORENO





     La primera vez que entraste por la puerta de casa, moreno mío, no me gustaron nada tus chulescas maneras ni el flequillo negro y lacio tapando el paisaje de tus ojos. Aún no sabía que ibas a pasar el resto de tu vida a mi lado. 
     —Ni de coña te lo cuido. No, ni por una semana, he dicho que no. 
     Cuando se fue tu dueño, tu primer aviso de ¡aquí esto yo!, fue levantar la pata y mearte en la pared del patio, justo encima de mis geranios, un húmedo recado de... vale me quedo, pero cuidadito conmigo que soy muy macho. 
     Ya conocía tus maneras de cuando acampábamos en la bocana de Melilla. Los dos guardianes haciendo ronda nocturna al perímetro de las tiendas. La hembra, de mejor oído, avisaba con sordo gruñido unos segundos antes de que su magnífica trufa olfateara la posible amenaza, entonces,  ambos entonabais al unísono el concierto del aquí no se entra, frontera de ladridos para los intrusos.
     La bocana es muy chivata, amplifica hasta la minucia de un suspiro que se le pose encima, sus arenas están formadas por millones de caracolas, de polvo de caracolas, cachitos de caracolas arenizadas que forman el istmo. Las pisadas nocturnas de los Schnauzers acentúan el desvelo del ¡así  no hay quién duerma joder! Van y vienen y vuelven y van los activos ruidosos, y cuando se quieren, que se quieren mucho y a menudo estos dos, las caracolas se aceleran entonces de tal manera que todo es un arf arf de puro gozo en la bocana. 
     Y no hablemos de tu modo de caminar…, si la perspectiva es la trasera con los adyacentes bien pegados al culo, parece que bailen en vaivén de “pero qué remacho soy caramba”. Creo que, precisamente  por eso, los puristas cortadores de colas aconsejan que se sajen entre la segunda y tercera vértebra para acentuar los atributos de la canina raza en asome de vanidoso penduleo. Si de mí dependiera nunca te lo habría cortado, lo sabes ¿verdad? 
     Por el mismo lugar, un pequinés de malas pulgas te dio una lección de dientes. En fin campeón, que ese día te cosieron puntos de sutura en el balcón de tu orgullo, en los dos. 
     Cuando volvió tu despreocupado amo  a los seis meses ya eras más mío que de él,  ¡qué no te hubiera dejado!, y aunque no tenías rabo me quedé contigo para los restos. 
     Escribo de ti a ritmo de fox trot para lubricar con humor y amor la emoción a la que me somete el recuerdo de tu compañía y del ¡cuánto te quise moreno mío!