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viernes, 11 de agosto de 2017

II El Inglés (Piratas y corsarios)










                                                                       EL INGLÉS




     El Capitán General fortifica la villa, no deja resquicio sin defender, ordena levantar torres, fortalecer los muros y a todos emplea: a ingenieros y canteros, quienes proyectan, reglan y miden. Incluso utiliza a la soldadesca como albañiles para la tarea ingente de mezclar argamasa con cal, arena y agua; triturar piedras; cargar y transportar. 
     Todo bulle en el Real de Las Palmas. Algo del barullo penetra el interior de la casa del escribano, ni siquiera las cortinas de grueso terciopelo mitigan del todo el ruido de la creciente capital. El dueño de la casa juega una partida de ajedrez con el capitán Rodrigo, el mejor oponente con el que se ha enfrentado hasta el momento. Ambos despliegan estrategias en silencio con el vino de malvasía del monte aromado a su alcance. Rodrigo cuelga los ojos del gesto de Eleonor cuando vierte el licor en las copas y con la mano izquierda sujeta los encajes de la manga. Blanco enredado de blanco.
     El escribano dificulta la partida con un giro imprevisto, pero es cauto y recuerda que el capitán fue alumno de un inteligente italiano de baja estatura apodado Il Puttino, aquel que venció un sacerdote español para su escarnio y vergüenza. 
     Rodrigo apoya el mentón en la mano y reflexiona. Sobre la mesa caminos diversos, diez pensamientos anudados se tropiezan, reina el desorden por un momento, luego todo se aclara. Imagina el paisaje en diagonal, futura incursión del alfil, alternativa cauta o atrevida según sitúe el oponente la pieza de marfil que corresponda. Protege al Rey enrocado de torre en su encierro regio y sacrifica a la dama, despojo olvidado en un lado del tablero.
     El perfume del cabello de Eleonor al servirle el vino es tan intenso que todo huye. Sueña que enreda las largas guedejas oscuras en su garganta y le exige que tire de ellas y que lo asfixie, no quiere morir de otro modo, imagina una línea roja en el cuello, la huella de un dulce ahogo. Se entretiene en la quimera imposible y pierde una pieza.
     El ejército se desmorona, polvo y sangre, desconcierto, la infantería y los carros de combate siembran derrotas entre las blancas
     —¡No estáis en lo que estáis, capitán! ¡Jaque! —increpa el escribano a la vez que le hace un gesto a su esposa para que salga de la estancia.
    Escapa el ángel y vuela. Va a la cocina a disponer las viandas. 
     El capitán se defiende
     —¡Mate!
     ¡Maldita sea! Rodrigo enamorado pierde.
     Esa noche el capitán dormirá con una ramera con los cabellos tan largos  como los de  su amada. Por despecho, por soledad, por desahogo, para olvidarla si es que puede.
    Al día siguiente, seis de octubre del año del Señor de mil quinientos noventa y cinco, amanece con bruma en Gran Canaria. Veintiocho naos navegan envueltas en trazos de niebla, parecen fantasmas que asoman y ocultan sus pálidas velas. 
     Los cañones del fortín de la isleta dan aviso. Rodrigo empuja a la mujer que duerme a su lado y busca la camisa y el jubón, no encuentra una de sus botas, las armas sí, siempre a su vera. La puta, sorda al bullicio de la calle, exige más dineros por su noche, aún apesta a ron. El capitán  la asoma sujeta de greñas al balcón y se espantan los dos de ver cuajado el mar de naves. Sostiene el valor apretando la empuñadura de la espada hasta volver los nudillos tan blancos como las telas que infla y desinfla el conjuro del alisio.
     Cada esquina o vuelta, cada loma, cercado, risco o arenal, finca o platanera, cada casa, o cueva, cabaña o hacienda, cada puerta, escupe hombres raudos hacia la costa. 
     Tarda el escribano en salir de su casa, besa a Eleonor que tiembla bajo el chal que apenas cubre su cuerpo. 
     —Cuidaros mi señor —ruega la esposa, piensa en Rodrigo y si acaso muriera en la batalla, y entonces siente... no sabe Eleonor lo que siente.
     Atempera el paso ¡Qué se apuren los soldados... qué corran los otros, qué los otros defiendan!, a él solo le corresponde transcribir lo que acontece sin arriesgar su vida, rubricar incidencias de lindes de fincas, querellas, atestados, testimoniar a los que llegan y a los que se marchan, validar con su firma la constancia del suceso, incluida la invasión de los piratas. 
     Se forman de inmediato cuatro compañías, una de ellas al mando del capitán Rodrigo; se sumarán más tarde las de Telde y Agüimes. Una sección es destinada al torreón de San pedro Mártir y otra otea el despliegue naval desde el ala sur de las murallas que cerca la ciudad coronada por el castillete de Casa Mata. Ya dispuesto el equipo de fuego y maniobra en el de La luz, los nueve potentes cañones de la fortaleza y otros de menor calibre, pedreros y culebrinas desmontados de barcos ya inservibles, a los de retrocarga le quitan con media rosca el culote y lo montan de nuevo y en las fraguas calientan balas al rojo vivo, pretenden incendiar las naves del corsario Inglés nombrado Sir por su Reina. 
     Francis Drake despliega su escuadra formando un amplio abanico en la bahía.
     El humo denso de las brasas ondula el aire, ora tiembla el foso, ora el puente levadizo baila. 

martes, 1 de agosto de 2017

I El grumete (piratas y corsarios)


                                                 





                            I EL GRUMETE




     Retira la estera donde duerme en un rincón protegido de cubierta. Desayuna galletas secas, ajos y pescado. Con la primera luz comienza la faena: achica el agua que durante la noche hizo la nao, engrasa con sebo los dieciséis cañones y luego trepa por los obenques del palo mayor, le encanta hacerlo. Entre el de mesana y las líneas oblicuas de cabos otea las Islas Salvajes que dejan a la izquierda, separada la escuadra de sus abruptas costas.
     A media tarde tiene hambre. Se acerca a la lumbre donde arden al descubierto los calderos de hierro. Ya la carne salada escasea, las alubias guarecidas en la parte más seca de la nave enmohecen y se pudren. Su joven cuerpo reclama más comida. Rechaza las uvas, higos, pasas, miel y almendras, pero no puede resistirse al aroma que envuelve el castillo de proa de los últimos capones espetados sobre ascuas con que Hawkins obsequia a Drake, postrera cena antes de invadir la Gran Canaria. 
     El cocinero le guarda algo de comida, como moneda de pago reclama una caricia. Con el aguardiente y, casi borracho, olvida que es un hombre, aunque su aún atiplada voz dice que no, lo dice también el bozo rubio de su mejilla.
     Entretiene los claros ojos en el perfil nacarado de una nube que envuelve al sol del ocaso. Su lengua empuja una rima y no sabe el muchacho de donde le vienen las palabras que inventa. Practica el nudo de lazo corredizo, el de as de guía doble, el portugués y el español. El de mariposa se resiste.
     La sirena del mascarón, policromada erecta, es tan dulce de imagen que todo huye: las manazas del cocinero; la disputa por el cambio de guardia del timonel, o del guía; la hediondez del galeón y el mal francés que pinta orate en los ojos de algún hombre. Coloca las manos en forma de cuencos e imagina que los pechos de madera encajan en ellas. Cede la diosa de su altar de proa, se acerca al muchacho. Sueña o ensueña.
     La misma derecha que rozó los yertos senos enrolla ahora la cuerda sobre el cuerpo de la peonza, y tira, y lanza. Se difuminan los colores en el rápido giro del trompo que baila sobre la cubierta.
     El grumete juega. Solo tiene doce años, puede que trece.

















martes, 25 de julio de 2017

Deja que suceda el tango


     


                      Deja que suceda el tango



     He recibido acuse de recibo de un paquete postal desde la ciudad autónoma de Buenos Aires. La única funcionaria de la Oficina de Correos atiende con parsimonia y calma. Hay que esperar, no queda otra. Me entretengo tarareando la cumparsita que venía escuchando en la radio del coche, seguro no me la quito de la cabeza en todo el día. Desde el fondo de la oficina vuela un murmullo contrapunto de mi sintonía mental, parece un disco de vinilo rayado por donde la aguja vuelve y va, y va y vuelve sobre el mismo surco, seguro que es una impresora atascada. 
     Suena el móvil, es mi mujer para recordarme que tengo que hacer algo, como soy escritor trabajo sin horario fijo, algo que ella traduce como que estoy disponible para todo.
     —¡Hola cariño! —contesto —tranquila... no me olvidaré de pasar por... ni de ir a... sí, sí... yo tambiéntequierohastaluegonena. 
   Somos siete en la fila. Mi vecina de cola es una anciana algo desconfiada, agarra con sus dos manos el bolso sobre su pecho y avanza un paso, se para justo debajo de la claraboya del techo que la llena de luz como un milagro, parece que la nieve cae sobre ella, pero no, sólo son motas de polvo que bailan un tango sobre su blanca cabeza. 
     —¿Usted no escucha como una musiquita señora?
     —¿Eh? Yo no escucho nada hijo, que estoy sorda —la vieja sujeta su bolso con fuerza.
     —¿Pero no oye un bandoneón, una guitarra, un violín, un batir de alas? 
     —¿Está usted loco?, déjeme tranquila o llamo a un guardia.
     ¡Joder! El municipal se acerca a mi coche, las ruedas traseras están rozando la raya amarilla del prohibido rozar rayas amarillas. Salgo un momento a mover el auto 15 centímetros y el agente saca su libreta de apuntar centímetros. Con el lápiz en alto hace un amague, luego para el gesto y mira hacia la Oficina Postal desde donde la funcionaria le saluda con la mano a través de la puerta de cristal, entonces el apuntador se gira, olvida lo que estaba haciendo, da media vuelta y entra a dar los  buenos días a Malena. Sin ninguna duda su carita de ángel consigue que hasta el mismísimo cielo se ocupe de mi multa. 
     Ya son las nueve y cuarto y avanzamos otro puesto. Sin despegar los pies del piso dibujamos un ocho, luego flexionamos las rodillas levemente y las estiramos dando un paso hacia delante mirando la nuca del vecino con firmeza. 
     — ¡Hola Malena! —saluda el cartero de turno que le trae un café con leche y ella se lo toma sin prisas porque quema mucho. Sus labios de Eolo y la mueca sopladora es tan bonita que dan ganas de darle una mordida, y aunque son las nueve y media ya casi que no importa 
     Suena de nuevo  el móvil, otra vez  mi insistente mujer. No contesto. Vuelvo a incorporarme a mi lugar y a las diez menos veinte por fin estoy delante de Malena.
     —Rellene aquí, y aquí, y aquí.
     Su dedo da tres golpecitos que se suman al ritmo de su almacén y al sonido del fondo.
     —¿Perdón señorita?, ¿es un tango lo que se escucha?
     Sonríe y dice que sí, una cumparsita, dice con deje  canario  algo mezclado de acento porteño.
     Por fin me da el paquete enviado por la Editorial Autores de Argentina. No puedo evitar desenvolverlo con impaciencia. “El sonido de la tristeza y otros cuentos” reza el título del escritor argentino Raúl Ariel Victoriano.
     Salgo de la oficina a la misma vez que la anciana. Su sombra se refleja en la pared junto a la mía e imagino que bailo con la chica de correos. Le marco el ocho atrás con dedo y antebrazo, el otro medio ocho se lo indico con la presión de la izquierda sobre su derecha. Los pies no deben despegarse del suelo, se rozan y acarician, y Malena, por fin, deja que suceda el tango.










jueves, 20 de julio de 2017

Mi fisio







     Mi fisio es enorme, a medida que se acerca crece su magnitud.

     —¡Ay Dios! —suspira con infinita paciencia.

     —¿Qué habrás estando haciendo o mal haciendo qué mira cómo me vienes? —me regaña.

     Sobre la camilla suelta los nudos amarrados del cuello, de la espalda y cintura… hay que desatar lo que con tanto empeño sujetamos.

     Música de abrir chakras de fondo. Yo, la verdad, no distingo entre  uno abierto de otro cerrado. Ninguna esencia que estorbe salvo un ramo fresco de hierbabuena etiquetado con “El vaso de mi amiga preferida”. Es mentira, a todas le dice lo mismo. Lo único que me molesta es el sonido de gotas que caen semejando una sutil cascada… me dan ganas de orinar, a ver cómo le digo a mi sensible fisio que apague la cansina cantinela de aguas tenues.

     —Amiga, dime, ¿cómo te va?

     —Bueeeno…, más o menos.

     —¿De qué estás escribiendo ahora?

     —Nada nada… de tonterías.

     Ya sé que me quiere engañar con las preguntas, y que está agarrando por los cuernos mi problema del cuello. Me quejo, con un ¡Ay!

     —Tranquila, estoy en ello. No sé qué te pasa hoy, no consigo relajarte.

     Ahora va a por la glándula pineal y la madre que parió al sartorio, luego ataca al flexor, tiene que dejarlo suavecito, igual que a la línea rugosa del trocánter menor ¡au, sí, justo ahí!

     —Pero calla mujer, y recibe…, a ver qué podemos hacer con esto.

     Mi fisio es poeta y filósofo, sabe diagnosticar los males del cuerpo y ¿del alma? Tiene una voz suave y profunda. Sus manos curan, sus palabras calman, eleva el cuerpo y el espíritu hasta el nirvana, todos los chakras se abren incluido el séptimo, por lo visto es el más difícil. Mi fisio pesa ciento veinte kilos, bueno, ya no, que se ha amarrado el estómago, ahora come menos y acaricia peor, no se lo digo porque sigue teniendo manos de santo y además sabe escuchar, no le han extirpado el oído, ni la intuición de tocar justo donde se debe.

     —Dime gigante fisio, ¿cómo sabes qué es ahí precisamente donde…?

     —Es que tengo diez ojos en los dedos concentrados en tu cuerpo.

     Me gusta cómo me deja la parte interna superficial del muslo, por arriba de la sínfisis del pubis, y cuando estira el tendón largo de la parte superior de la tibia. Tibia estoy ya yo. Tengo calentito el flexor de la pierna y el aductor, a punto de conversación lo tengo.

     —Ahora cierra los ojos que vas a ver el cielo, mi niña. Así. Eso es.

     Los cierro y veo la gloria bendita. Deja que duerma un rato antes de despacharme.

     —Oye, no me faltes tanto que luego cuesta que tu cuerpo me haga caso, y llámame con tiempo, tengo la agenda a tope.













viernes, 14 de julio de 2017

La otra




 

                                                                         LA OTRA

                          
     El faro asoma su largo cuello pétreo por encima de la escollera, parece que haga un guiño al mar pletórico de barcas. Se celebra el día del Carmen. Los marineros pasean a sus vírgenes, tan apretados los pueblos costeros qué se rozan las fronteras de las parroquias. Codo a codo, los curas bendicen el mar a golpe de hisopo.
     En la cofradía de pescadores han arrestado a “la otra”, la no bendecida de oficialidad ecuménica, no le han dejado pasear el agua de julio. 
     La oficiosa quiere que la saquen, pero el cura dijo que no, y lo elevó  al Obispo; su Excelencia Reverendísima se negó, y lo elevó a prohibición; el pueblo dijo que sí, que sacarían a su Carmen bendecida o no, porque lo dice el pueblo y punto. 
     No pudo ser. Custodian su urna dos guardias civiles henchidos de devoción mariana, sostienen los tricornios acharolados sobre sus pechos. Huele la cárcel a flores, a brea, a calafate y a ron, también a pregón de sardina fresca y a coraje contenido… si no fuera por el retén de la pareja armada ya se habría liado la marimorena, seguro.
     La virgen no tiene capilla, sólo una vitrina de cristal en la cofradía, y ahí está Carmen, más bonita que ninguna, enjoyada de promesas, hierática virgen prohibida. Sólo tiene doce años, la compraron los pescadores con sus dineros en una tienda de un ex dominico, comercio que hace esquina a la porteña iglesia llamada de La Luz. Su propietario vende imágenes policromadas de santos, ángeles, vírgenes, cirios, reliquias de todas clases, y hasta un pedacito del madero aquel que dio para tanta venta. La compró el pueblo sin la ayuda de la iglesia. El guardia Rafael dio cien mil pesetas de las de antes; un tal Antonio, carpintero, le hizo la urna; otra vecina le cosió el manto azul, y el patrón del “Capitán Lezama”, la trajo a la cofradía en su furgoneta envuelta en varios sacos de arpillera no fuera que se quebrara por el camino. Él hubiera querido envolverla en raso, terciopelos y sedas, pero lo que “hay es lo que hay”, y con éste pensamiento se conformaba el hombre.
     Así que llegó la virgen hizo enseguida varios milagros, porque Juana recibió al día siguiente carta de su hijo desaparecido en la que contaba que estuvieron a la deriva muchos días, y que arribaron a las costas berberiscas con vida, que pronto volverían y daba recado de encender velas a la virgen del Carmen en agradecimiento. También, al amanecer del día siguiente al que trajeron a la imagen de la capital, las barcas volvieron cargadas de atunes, tanto que casi se hundían. 
     Por fin tenían madre amantísima estrenando devotos, cautiva liberta de la vitrina de aquel fraile que rezaba: ”Se vende virgen a tanto, manto y corona aparte”. Sí, el pueblo ya tiene patrona aunque no la avale ninguna aparición, ni el beneplácito de la santa madre iglesia.
     Por la tarde del día de fiesta, ya apagado el bullicio de las procesiones vecinas, cosen las familias las redes y apañan los aparejos bajo las sombras azules de las barcas. Se escucha el rasgueo de las cuerdas de un timple y una voz de cristal que pregunta, siempre pregunta lo mismo la otra:
     Hijos míos, ¿ya hablaron con el Señor Obispo de lo mío?







jueves, 6 de julio de 2017

Documento inédito de una nariz quevediana en su viaje a Las Afortunadas

                                                                         

     Sucedióme, no ha demasiado tiempo, que estando en las afueras de las murallas del Real de las Palmas que circunvalan la villa y  paseando cerca de la portada... encontréme con una napia arrebujada entre el heno de una carreta de donde sobresalía solo su punta, y hasta tal punto amoratada, que parecía más una remolacha que faz humana. Movido por mi natural impulso de indagar que más de una vez metióme en inquisiciones, me acerqué a la carreta a comprobar si se trataba de una rojiza lombarda que algún labriego del lugar pretendía vender en el mercado, o solo de una nariz a punto de asfixia por culpa de la gramínea planta que le impedía oxigenarse. 

     Escarbé en la paja buscando al dueño del apéndice, para mi asombro solo hallé nariz caratulera y además parlanchina. Por obra de algún hechizo,  la nariz, libre de cara, cuello, y cuerpo que la sostuviera, vocalizó en perfecto castellano un ¡pardiez! al que contesté desenfundado raudo mi espada, pues seguro era obra del diablo o alguna broma de algún zagal, que haberlos haylos, (zagales bromistas y encantamientos). 

     La nariz estornudó como estornudan las narices y mi condición de cristiano bien nacido empujóme  a responder  con un ¡Dios le guarde! al que  ella respondió con un ¡gracias!, estableciéndose de inmediato una corriente de simpatía recíproca entre la napia y yo, hasta tal punto que sentado a su sombra contome su triste historia de elefante boca arriba, reloj de sol, pez espada, pirámide invertida. 

     Resultó que habíase escapado de la cara de un celebrado sonetista en la Villa de Madrid, y saltando de faz en rostro llegó hasta Cádiz, y de ahí embarcó hasta las Afortunadas donde buscaba dueño donde aposentarse, aunque en su arriesgada aventura casi perece entre el heno de donde la rescaté.

     Preguntándole a la nariz la causa de su huída,  contó que ser frontispicio de un poeta era un mal vivir,  que aunque al principio el tal Francisco se apañaba con una olla de algo más de vaca que de carnero, salpicón las más noches, lentejas los viernes y algún palomino de añadidura los domingos… desde que sus sátiras molestara a ciertas gentes, por burlas que hacía de grandes y chicos, ni a las viudas respetaba, menos aún a curas y barberos, pues si alguien osaba invitarlo a su mesa lo ponían tan al fondo que era entrepuertas y comparsa de bulto, con lo que las viandas ni olerlas, lo mejor se quedaba para otros. 

     Interesada la nariz en que tal me las aviaba y como era la cocina de mi casa, que si estaba surtida y que si tenía dueña, pues todos saben que ellas, las mujeres, son las que mandan de puertas para adentro, y pareciéndome tal el interés de la tal napia en las cosas domésticas de la vida que no quedóme otra que confesar mi condición de no estar ni amancebado, ni conyugado, ser solitario, rata de biblioteca, y bien es sabido que los que entre papeles nos movemos somos magros de carne, a no ser que nuestros mayores se apiaden de nuestra condición y nos rescaten de las penurias que padecemos, que no es mi caso ,escuálido escribano. 

     Así que despedíme y limpiéle una brizna de heno que aún restaba en una de sus fosas y mostréle el camino del convento Dominico, donde al menos la despensa estará abastecida, y si no del todo, los espirituosos alambiques aliviaran sus penas. 

viernes, 30 de junio de 2017

Cuento sobre una gárgola, un hada y un djinn






Cuento sobre una gárgola, un hada y un djinn














  El sonido de la flauta del ciego del callejón del zoco ulula como el ardiente siroco, aire caliente que sopla entre las alas extendidas de los halcones que sobrevuelan el inmenso cielo del Sahara. Sus notas invaden el patio de mi casa donde mi hermana y yo hacemos los deberes bajo la sombra de un cañizo.
  —No sueñes y estudia hija —me regaña muy serio mi padre.
  Hago cálculos de matemáticas, también de geografía; tengo que resolver en qué punto exacto se cruzaría un tren (A) que parte de Constantinopla, a la velocidad constante de 1.500 Km/h, con otro tren (B), que sale de Viena a la mitad de la velocidad. ¿A qué distancia se encontrarían A y B, y en qué punto geográfico? —pregunta el complicado problema.
  Muerdo el lápiz de pensar y miro como el sol se enreda en el claro pelo de mi hermana pequeña.
 Una gárgola se desprende del tejado,  del pozo asoma un pequeño djinn de orejas puntiagudas y ojos verticales, por pupilas dos ranuras amarillas y alargadas. Discuten la gárgola y el djinn.
  —Si un tren saliera de Port Sudán y otro desde Zanzíbar el punto exacto donde se cruzarían sería en Orán, justo enfrente de la mezquita donde venden los mejores melones de la zona —afirma el dijinn con total seguridad.
  —No hagas caso a éste imbécil que te quiere confundir, esos lugares son puertos,  no estaciones de tren —gorgotea la gárgola.
   ¡Ale Hop! Un hada madrina aparece radiante y blanca, como si el calor del patio no fuera con ella, aparta con sus alas transparentes a mis ayudantes.
   —¿Niña que quieres?, ¿por qué me has despertado del mundo de los sueños?
   —Es que deseo ser rubia, como mi hermana.
  Sonríe el hada de opereta que va vestida a la manera clásica: cucurucho de tul y  varita estrellada de deseos, también unas gafas de sol para protegerse de la luz del Sahara.
  El pequeño y veloz djinn aparece y desaparece varias veces, hace piruetas para llamar mi atención, sólo ha tardado unos segundos en dar siete veces siete la vuelta a la esfera del mundo y aún le sobra tiempo para echarle un ojo a mis difíciles deberes.
  —¿Cómo lo haces? —le pregunto muerta de curiosidad, ¡ojalá yo fuera tan rápida!
  —No lo sé, imagino que estoy en un lugar y voy, y llego, sin más. Puedo hacer actos dificultosos que rebasa cualquier capacidad humana.
 —Sin embargo  no sabe teñir el pelo de rubio. —Interviene el hada quisquillosa.
   —Ni hacer cálculos de trenes, ni siquiera sabe sumar —se chiva la figura pétrea e inamovible, envidiosa de la agilidad del genio del submundo.
  —Antes, en el medievo —continúa la gárgola —fui dragón cuellilargo de alas membranosas, comedor de doncellas vírgenes y caballeros de brillante armadura.
  —Ahora sólo es desaguador de lluvias en los tejados, draconiano venido a menos, de qué le sirve dragar aguas si aquí en el Sahara apenas llueve
   —Vete a hacer puñetas a tu submundo, enano amarillo.
   —Y tú a hacer gárgaras a tu sumidero.
   —¿De dónde venís? —Pregunto para poner fin a la discusión entre ellos.
  — Yo de la cima, de lo alto de las iglesias y de las catedrales, y nos preciamos de ser grotescas, y parodiar los gestos de los seres humanos. Formamos sociedad en hileras sobre los tejados. Nunca estamos solas, somos comunidad.
  —Yo de la sima, o del pozo, o de lo que está más abajo del pozo o de la sima, y somos legión. Entre nosotros hay creyentes e impíos, justos e inicuos, ángeles o demonios, pero no hay ninguno que sea lento o torpe.
   —¿Y cómo es qué mi hermana no os puede ver?
   —Porque sólo nos pueden ver las niñas que no parpadean, o que lo hacen tan rápido tan rápido que parece como que no. También nos ve el ciego que toca la flauta en el callejón del zoco.
   —¿Y a mí no me preguntáis de dónde vengo?...Del mundo de los cuentos, de las leyendas, del éter, soy un ser vaporoso, etéreo y sutil —se contesta a si misma el hada entrometida que todo lo sabe, ¡bella y perfecta!, como si las miasmas del mundo no la rozaran, tan inmaculada que dan ganas de desinflarle la burbuja en la que flota.
  —¿De qué tono lo quieres niña?
  —¿El qué…?
  —Pues qué va a ser tonta…, tu pelo, ¿no querías ser rubia?
 El hada abre un muestrario con cien tonalidades tan brillantes y claras que ciegan.
  —Como éste…, no no… mejor éste, creo —dudo.
 Se ríe la no conseguidora con una carcajada tan estruendosa que aplasta el sonido de la flauta mágica, al dijinn y a la gárgola. Todo se apaga menos el patio y los deberes.
  —Lo siento mucho —niega agitando su rubia melena —no puedo concedértelo.
  —¿Por qué no? —pregunto furiosa.
  —Porque solo soy un absurdo deseo de tu dorada infancia.
  —No te vayas, no te vayas…, dime al menos a que altura se encontrarían los dos trenes de mi problema.
 Pero desapareció la muy hada mentirosa con su varita de plomo de hacer ¡flops!