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jueves, 8 de febrero de 2018

Esperanza






        Esperanza


     Me gusta navegar. Esta vez zarpo solo y sin cañas preparadas para pescar en el “Esperanza del Mar”, un rimbombante título para una pequeña embarcación de 5,99 m. de eslora y 2,14 de manga. Enfilo el sur de madrugada con el ronroneo del fueraborda a mi espalda. En la oficina del muelle deportivo no he dado razón de mi salida, por fortuna el guarda muelles roncaba como un bendito. No miro hacia atrás, ya contemplaré dentro de un rato el amanecer con mi único ojo de cíclope. 
     Mientras navego, recuerdo la conversación de la noche anterior con mi mujer mientras me enseñaba unas sábanas encarnadas.
     —Por lo visto  están de moda los colores vivos, ¿a qué son bonitas?
     —Muy bonitas, cariño —respondí solícito. 
    A mí no me puede engañar, es descorazonador ver la ropa de cama, día sí, día también, manchadas de escarlata porque otra vena ha reventado, se ha abierto de nuevo la herida que supura, o la almohada mojada de las babas de mi boca casi sin mandíbula. Ella siempre intenta vivir como si no pasara nada, es un capitán negándose a abandonar su maltrecho buque. 
   Enfilo el Sur. Amanece. Debajo del sombrero y de las gafas escondo lo que me queda del rostro. Llevo unas cervecitas frescas "pal camino". A 12 millas de la costa sitúo la embarcación sobre las rocas que indica la sonda, me tiro al mar y agujereo el fondo de fibra de vidrio, lo hago de manera irregular con una piedra picuda que tiro al fondo para que el seguro no crea qué está todo amañado. Un rato antes eché por la borda la nevera no fuera que me sintiera tentado a agarrarme a ella... y el chaleco, las bengalas, la radio portátil y hasta la bocina anti nieblas. 
   La embarcación empieza a escorar, apuro la cerveza y doy golpecitos con la palma de la mano izquierda  sobre las amuras de estribor   al compás de una vieja canción que tarareo: pan-pan, pan-pan, pan-pan...,  nunca he tenido sentido del ritmo. Me doy cuenta de que,  de manera inconsciente, he palmeado la llamada de tres repeticiones que se utiliza para indicar que hay una emergencia a bordo. Ya la embarcación está casi vertical y me aferro a ella, tengo un poco más de tiempo y aún me queda una lata de cerveza.
   ¡Jodida suerte la mía! La barca debe haberse atorado a la roca y levantada la parte agujereada, ni se hunde, ni se mueve. 
   Casi enseguida escucho el sonido sordo de un motor antes de ver asomar por el horizonte un barco que se acerca a toda velocidad. Es la patrullera de Salvamento Marítimo, su color naranja refulge y brilla bajo el sol incipiente. Auxilian y remolcan mi maltrecha barca hasta el muelle más cercano. ¡En fin!, otra vez será.

     Estamos a punto de salir para el aeropuerto, iremos al Instituto de Oncología de Navarra, por lo visto un referente en Europa. Como siempre, me dejo convencer, cualquiera le dice que no a mi mujer, tan segura e inamovible cuando emprende una nueva cruzada, parece un ángel de flamígera espada. Antes de salir leo el correo que acaba de llegar: un aviso urgente del Juzgado Marítimo y otro de Capitanía Marítima, me reclaman gastos por auxilio y remolque, más una cuantiosa multa por navegar en estado de embriaguez y a más millas de las que corresponden,  por carecer del título P.N.B. (Patrón de navegación Básica), por no tener en vigor el certificado de Navegabilidad, y además, por caducidad del seguro de responsabilidad civil obligatorio para embarcaciones de recreo, de acuerdo todo ello al Real Decreto 607/99 B.O.E. Nº 103 de 01-07-99
   —¿Por qué sonríes? —pregunta mi  mujer. Es la única persona en todo mi universo que sabe distinguir, en lo que resta de mi cara, una sonrisa de una mueca.









martes, 30 de enero de 2018

Crónica sobre una provinciana





         Crónica sobre una provinciana




  A Rosa le parecía tener un cartel colgado de su cara que pregonaba: “Atención, viuda en buen estado”, claro que con los posibles de su fallecido esposo le salían pretendientes hasta debajo de las piedras. Como ninguno le gustaba y se aburría mucho, se escapaba del pueblo cada vez que podía.
  Lo primero que hizo en la capital fue ir al nuevo Centro Comercial. Subió en el ascensor panorámico que llevaba directamente a la sección de oportunidades... aunque luego lo pensó mejor, al fin y al cabo era libre para gastarse como le diera la gana el dinero tanto tiempo restringido por el rácano difunto.
   En el prestigioso local donde entró con cierta timidez, sonaba un violín de fondo y un ligero aroma a lavanda inglesa impregnaba el ambiente. Enseguida se sintió fuera de lugar, la falda algo arrugada por el largo trayecto. Se excusó con la dependienta, mucho mejor vestida que ella incluida la vez que se emperifolló para la boda de postín del hijo del señor alcalde. No fuera que creyeran que era una paleta casi ordenó que le enseñaran lo mejor de la tienda
    La arruga es bella, contestó de inmediato la empleada señalando la falda y oliéndose una buena venta.
  —¿Ah sí?
   —¡Por supuesto señorita!, fue el lema por excelencia de nuestra firma durante los ochenta —afirmó amablemente a la vez que le mostraba dos lineales y sencillos vestidos.
   Lo de señorita le encantó a Rosa, al igual que el peloteo, aunque los vestidos, la verdad, no mucho.
    —Mmm... negros no, mejor estampados... o al menos que tengan algún adorno en el hombro, o fruncidos en la cintura...
   —Tiene usted razón señorita, lo esquemático y minimalista está ab-so-lu-ta-men-te demodé. Ahora marca tendencia lo barroco —añadió la dependienta observando de reojo la anticuada enagua.
   Rosa, a sus cuarenta y algo, conservaba la misma cintura de antes de casarse, claro que le hubiera encantado tener hijos, pero en fin, no hay que darle vueltas a lo que ya no tiene remedio. La dependienta enseguida llamó a la encargada, quien después de saludarla con cortesía rozó los encajes del sujetador evaluándolos con las puntas de sus dedos preguntándole si eran de Chantilly, y Rosa le contestó que sí por no quedar mal, aunque de Chantilly sólo conocía la crema. Agradeció haberse puesto su mejor juego interior regalo de su difunto marido, el pobrecito nunca escatimaba en ropa íntima, al fin y al cabo fue el beneficiario durante veinte años de lo que había dentro.
    —Le traeré algo que le va a entusiasmar querida.
  Volvió cargada de ropa y acompañada por Monssieur Pièrre, estilista, quien, después de ser presentado y olisquearle el dorso de la mano, se sentó en uno de los sofás circulares color metalizado del amplio vestidor, como si ver a señoras casi desnudas fuera un hecho natural.
   —¿Tomaría usted te, café, o prefiere una copa de Dom Pérignon?
  —Adoro el Don Periñón, mi esposo y yo, que en paz descanse, siempre lo tomábamos
   —Para mí un turco —ordenó el estilista.
   La gente salía y entraba, pinchaban alfileres, medían, retiraban vestidos para volver a traer otros, surgía, como por arte de magia, todo tipo de complementos: zapatos, bolsos, cinturones, collares, broches, imperdibles y pulseras, y hasta algún tocado y sombrero. Vestidos desperdigados y multitud de cajas vacías pues su contenido estaba sobre ella, en sus brazos, hombros, cuello, o cabeza. Un lugar muy activo, casi afiebrado.
   —Convendría abrirle una cuenta en nuestra firma señora de...
  —Rosita, viuda de Rodriguez, de los Rodriguez de toda la vida— añadió eufórica.
  El Mesié se llevó la taza de café a los labios mientras ella apuraba su tercera copa burbujeante. El dichoso violín sonaba con insistencia cansina mientras se probaba unos largos pendientes de cristal de roca de Boucherón que iluminaba su cara, o eso le dijo el amanerado estilista. 

  —¡Ah por fin asoma la luz a sus ojos mi querida señora! ¿Se da cuenta de lo hermosa que es usted?
  Luego vino lo de la cuenta
  —¿Es una broma? —Protestó Rosita con la voz ahogada mientras un flash de luz iluminaba su Visa de oro. Los lamés giraban en torno a ella; los dorados brillos formaban figuras concéntricas mezclándose los moarés y satenes con las casposas presunciones; los reflejos de las sedas salvajes con la hipócrita opulencia de los chiffons. Las redes de gasas y tules enredaron su mano que se resistía a soltar la jodida tarjeta. La encargada tironeaba de ella mientras el estilista apuntaba algo en su libreta de anotar tendencias, supongo que el hombre procedería a registrar un nuevo caso de provinciana venida a más.

miércoles, 17 de enero de 2018

Parodia sobre un policial



                                             


    

     Soy el hombre que encontró el cadáver de la mujer del ático.
     A los de la Gendarmerie Nationale les pareció demasiado casual que fuera precisamente yo, escritor de artículos policiales por entregas en el semanario “La voix de la raison”, quien les alertara del suceso. Era mi vecina, por tanto no es tanta la casualidad, pensé, sin embargo no quise discutir con la Autoridad, no fuera que me cargaran el muerto a mí, un extranjero sin apenas recursos. Les conté lo que sospechaba, uno de ellos tomaba nota de todo lo que decía en un pequeño cuaderno de tapas verdes y anillas del mismo color. Seguramente padecía de cierta presbicia, pues después de escribir tomándose su tiempo, estiraba el brazo para leer sus apuntes junto al único foco de luz natural de mi apartamento.
     —Mmmm…, así que desde este balcón fue desde donde usted pudo ver…
     —No hay otra ventana o balcón, señor Inspector.
     —Tengo entendido que es usted escritor.
     —Sí, eso intento.
     A veces hago incursiones en el género fuera del corsé realista, de inmediato son atajadas por el Señor Director, mi jefe, un pequeño burgués aspirante a mecenas que navega entre la literatura y la publicidad de los excelentes productos del barrio. Siempre me anima con su gangoso “Amigo mío, no nos queda otra que escribir para ellos”. El comunal tratamiento le obliga a ser generoso, tanto que no me paga un franco, a cambio me presta su buhardilla mientras dure nuestro "nos".
     Desde mi ventana puedo ver la cúpula del Sagrado Corazón asomada como una esperanza blanca sobre los tejados, flotando sobre las cosas, incluso sobre mi estómago vacío porque lo cierto es que como más bien poco. Es lo que hay. Por fortuna, en alguna ocasión me invita a almorzar algún amable parroquiano, la última vez, el perfumista. Antes de terminar la inevitable sopa de cebolla ya ha surgido en mi cabeza una nueva coartada, un giro en la trama, otro sospechoso más, quizás debido a los efluvios del mediocre vino de la viña de Montmartre donde crecen las vides al amparo de la tapia del cementerio, el mismo caldo que presta alas al anfitrión para solicitarme que el nombre de la futura protagonista de mi próxima entrega sea el de Marie Claire.
      —En los policiales no hay un solo protagonista señor.
     —Bueno, las reglas están para saltárselas ¿no cree usted? —guiñó un ojo a la vez que señalaba con la barbilla la bandeja de cordero asado que portaba  un camarero en volandas
   —Efectivamente, Marie Claire es un bonito nombre —afirmé convencido.
     Satisfecho, el perfumista se lanzó sobre los riñones de cordero con extremo deleite a pesar de su acre olor a orines; si su nombre no fuera el de Adolphe, debería llamarse Leopold, de apellido Bloom.
     A la hora de la siesta, el sol, clavado en el cielo del verano de París, sombreaba a rayas el cuerpo desnudo de Marie Claire a través de las persianas entornadas. Al menos así lo imaginé, y al perfumista regalando a su joven amiga el sobre quincenal con el dinero acordado camuflado entre el lote de esencias, y además, su precioso nombre publicado. Seguramente presumió de que casi todo el artículo lo había escrito él aunque lo firmara otro. Hay que dar oportunidades a los jóvenes que empiezan, más aún si están muertos de hambre —añadiría con cierta complacencia.
     Entre el ático C de la amiga del perfumista, y el mío, ático A, vivía la ya fallecida “Cecile Lelarge - Concertiste”, rezaba la placa de su puerta. La tarde anterior a la muerte de la profesora de música, hacía tanto viento que, del otro lado del fino tabique apenas se escuchaban los acordes del piano, los ejercicios repetitivos de sus torpes alumnos. Por fin la última nota cesó… y poco después comenzó el ruido. Un ruido rítmico, gemidos que no conseguía apagar el siseo del aire colándose por las rendijas del balcón. El aspecto anodino y discreto de la concertista, la seca expresión de sus saludos, el frunce apretado de su boca no hablaba de la mujer apasionada de edad incierta que no paró de gemir en toda la noche, siempre con la misma cadencia, ora paraba, ora seguía, ora sollozaba, suspiraba o volvía a jadear mientras yo intentaba escribir sobre temores, venganzas, motivos, oportunidades y medios.
     De madrugada se calmó el viento y por fin cesaron los sonidos sensuales de mi vecina. Cuando abrí la ventana vi a la concertista tendida inerte boca arriba en el suelo de su balcón y avisé inmediatamente a la policía. Los gendarmes me hicieron preguntas sobre ella. Apenas la conocía. Les conté lo de la noche anterior.
    —¿Tiene idea de quién era su acompañante nocturno?, ¿llegó a verlo usted?
     —No señor, ya le dije que solo escuché lo que escuché, no tenía ni idea de que la señora concertista tuviera un affaire d'amour.
     —Y de su otra vecina, ¿qué sabe usted?
     —Pues lo que sabemos todos, que está muy rica.
   —En su apartamento se encontró una revista con un artículo firmado por usted. La descripción de la joven protagonista coincide plenamente con la de ella, incluido el nombre de Marie Claire.
     Mientras el gendarme anotaba en su cuaderno lo que supuse mis respuestas, dudé por un momento en explicarle la historia del perfumista, claro que entre quedarme sin los sabrosos almuerzo que me ofrecía, o que hubiera alguna duda sobre mi falta de cooperación, opté por largar lo poco que sabía, al fin y al cabo estaba acostumbrado a pasar hambre.
     —Lo que le decía, que está muy rica y que a menudo recibe a caballeros, supongo que ya se habrá informado. Ella era una simple trottoir de las calles de Montmartre hasta que el señor Adolphe la retiró, aunque el infeliz cree que es el único con el que la señorita duerme la siesta.
     —¡Ajajá! —contestó el inspector en francés.
     Durante tres días fui agasajado por todo el mundo, no daba abasto a tanta invitación. Escuchaban mi teoría sobre lo que ocurrió la noche del asesinato. Los vecinos consideraban mi opinión, las mujeres me sonreían, incluso tuve una aventura con Marie Claire, y gratis. Mi jefe pactó un salario. La vida parecía sonreírme, pues todo el mundo supuso que gracias a mi testimonio darían con el posible asesino de la concertista, no en vano escribo lo que escribo, y al menos sobre papel, resuelvo casos de dificultad máxima.
     Al poco tiempo de realizar la autopsia, se supo que una antena del tejado doblada por el embate del viento fue la autora de los jadeos inexistentes de la infeliz fallecida por una parada cardiorrespiratoria, también la responsable de acabar con mi incipiente carrera de escritor policial.
     En fin, c'est la vie.




Dedicado especialmente a la compañera Eva Loureiro, experta en policiales.

miércoles, 3 de enero de 2018

Sin retorno








   

                     

     A pesar del frío, abrimos el alto ventanal asomado al horizonte de estrellas, nada hacía presagiar que fuera la última vez, nuestra última vez para todo: para las caricias, para nuestros encuentros fugaces, para algún reproche que otro, para amarnos como solo los desesperados lo hacemos.
     A menudo me sentía alejada de su vida, una tenue sombra en el leve hueco entre dos fechas de su agenda. No, no era fácil vernos, ni siquiera nuestro refugio era un lugar seguro al margen de la prensa.
     —El enemigo acecha —solía decir con una sonrisa.
     Era una noche de luna radiante, parecía que la hubieran colgado adrede delante de nuestros ojos, un aderezo en nuestro encendido escenario.
     —¿Estás seguro de que no ha sido uno de tus hombres quien ha preparado éste cielo?
     Aún estábamos mojados de flujos y sudor, él odiaba que saliera disparada a ducharme. A los dos nos gustaba sentirnos húmedos.
     —Claro que no —contestó por fin —aunque no te lo aseguro, ¿recuerdas aquella vez...?
     Me quedé esperando el final de la frase, en ocasiones usaba en sus discursos largas pausas teatrales, silencios premeditados,un método, una manera de atraer la atención sobre su persona, un foco verbal, sin duda era el genio de la palabra. Le escuchaba hablar medio adormilada, el impulso de su aliento en mi cuello cuando preguntó el ¿recuerdas...?
     Lo que ocurrió después fue tan inesperado como pudiera ser que el cielo, con sus estrellas, meteoritos, cometas, lunas y satélites se derrumbara desde su precario equilibrio hidrostático sobre nuestras cabezas. No hizo falta que me inclinara sobre su pecho para comprobar que ya no le latía el corazón, supe que no estaba a mi lado, lo decía el vacío de los ojos, la ausencia del que habitaba su cuerpo, la boca extremadamente abierta en el último acto aeróbico de su vida. De fondo sonaba el Mesías de Haendel, un hombre enorme que comía por cuatro, su música era física..., me di cuenta de que estaba recitando de manera mecánica sus opiniones sobre sus apreciados clásicos, supongo que para no llenarme de pavor porque un rato antes estábamos follando como locos, como dos furtivos enamorados.
     Puede que ahora crean que lo he matado, dice la historia que siempre es una mujer la que envenena. Encendí la luz de la mesilla y levanté el vaso, ya con el hielo derretido, mirando al trasluz el licor de almendra del que media hora antes bebíamos los dos, una mezcla de sabor extraordinaria, un poco amargo y un poco dulce, como la vida. Apuré lo que quedaba de un trago.
     Llamé por el busca a uno de sus guardaespaldas alojado en la cabaña vecina, tardaron en venir lo justo para encontrarme vestida y enseguida se ocuparon de todo. Ni siquiera pude llorar vencida en la avioneta de vuelta a casa, la cabeza del piloto no se giró ni una sola vez, ni arrebujada en una manta térmica pude dejar de sentir frío, ¡tanto frío!
     En los periódicos de la mañana la noticia de su inestimable pérdida en primera plana, la radio, la televisión, desde todos los medios anunciaron su óbito por un fallo cardiaco mientras descansaba en el refugio familiar junto a su esposa. El entierro, y a pesar de su pública notoriedad, se hizo en el más estricto círculo íntimo.
     Algunas veces me pregunto qué quiso contarme con su inacabada pregunta del recuerdo de un  ayer.
     Nadie debe arrepentirse de mirar el cielo, aunque desde entonces las noches despejadas ya no me parecen tan armoniosas, las estrellas no están colocadas en el firmamento con el único fin de que él y yo las contemplemos, se apagó la luz de mis ojos, que las miren otros, que otros y otras se embelesen con ellas, al fin y al cabo solo son gases, plasmas, fantasmas de lo que antaño fueron.



















lunes, 18 de diciembre de 2017

El ángel sin bragas


                              Angelito de trapo cosido  por mi hermana la que perdió las bragas.




                         El ángel sin bragas


     Durante casi dos cursos, a mi hermana y a mí nos internaron en un colegio dominico. Nos habíamos criado en el espacio abierto del Sahara donde se encendía el cielo por breves segundos cada vez que corrían por él los cometas y las estrellas fugaces. El desierto comenzaba casi en la puerta de mi casa, las dunas se extendían hasta donde alcanzaba el horizonte de la mirada. Las gacelas se cobijaban del sol bajo las escuálidas sombras del vecino bosquecillo de árboles del argán, y las cabras trepaban por las ramas para alcanzar los frutos de sus copas. Ni siquiera cuando subíamos al campanario de la misión lográbamos ver el final del mar de arena. Un infinito amarillo. 
     Mi madre y Laila nos marcaron la ropa del internado. Laila lloraba mientras bordaba nuestras iniciales en rojo. Mamá se hacía la dura, no quedaba otra que darnos una educación como Dios manda. 
     —Dios no puede mandar que las ninias pequenias vivan lejos de familia, seniora. 
     —¡A callar Laila... y suénate los mocos, que vas a manchar la ropa! 
     En el dormitorio comunal nos esperaba una larga fila de camas de colchas estiradas, pronto aprenderíamos a hacerlas de manera impecable. Las baldosas del suelo, en blanco y negro, alargaba el paisaje estático. Durante años dibujé de cien maneras distintas aquella alineación que tanto impacto visual me causó la primera vez, una constante repetida en mis dibujos. No entiendo que  amando tanto la sinuosidad del paisaje de mi infancia y la luz del Sahara, fuera una obsesión dibujar siempre puntos de fugas en grises. 
     El veintidós de diciembre preparamos un belén viviente en el colegio. A mi rubia hermana le dieron el papel de ángel por ser la más pequeñita de todas las niñas y a mí el de pastorcilla. Como pesaba menos que un  comino no costaría nada izarla sobre el portal anunciando la Buena Nueva. 
     Durante la función todo estaba saliendo perfecto, las poleas sujetas del techo bien engrasadas para no hacer ruido ni estorbar el Aleluya del coro. El ángel, iluminado por un foco de luz  azulada, descendía majestuosamente  desde los cielos cuajado de estrellas de papel de platina. Fue entonces cuando comenzó a caer algo desde el interior de su túnica, unas bragas de algodón blanco resbalaron por sus piernas.  El apurado ángel hacía todo lo posible para sujetarlas. Quedaron colgadas de uno de sus tobillos mientras mi hermana hacía aspavientos y se balanceaba por encima del  escenario hasta que golpeó, derribándolo, el panel de cartón que simulaba el castillo de Herodes. Las bragas terminaron por soltarse quedando pendida de una de las manos alzadas del niño Jesús, ¡menos mal que era un muñeco! Todo el público reía, incluido nuestros padres, en cambio,  las monjas se enfadaron muchos pues se tomaban muy en serio lo del nacimiento de nuestro Señor Jesucristo, Amén. 
   Mi hermana-ángel pasó tanta vergüenza que terminó enfermando de angustia y de dolor de vientre; desde entonces arrastra un miedo atávico a perder las bragas y cierta controlada fobia a la Navidad.
     Cuando volvimos a El Aaiún, la capital del Sahara Occidental, soplaba el ardiente viento sobre nuestras cabezas al bajar las escalerillas del avión, parecía decirnos:
     ¡Marhabá guayetas! ¡Bienvenidas niñas! 









miércoles, 6 de diciembre de 2017

Payaso enamorado

                                                Imagen del pintor surrealista Marc Chagall





                          Payaso enamorado 



     

     Colgada de mi solapa una margarita amarilla suelta un chorro de agua cuando los niños se acercan a olerla. Un payaso malo malo.
     Ni siquiera estoy exento de limpiar la mierda de elefante aunque simule piruetas en la cuerda floja. Me visten con un frac de exagerados faldones y una capa como si fuera un señor que entra o sale de la ópera. Opepepepera. Hago como que tropiezo, pero no, pero sí, pero ¡ay! Trastabilleo tambaleante y, por fin, caigo. Todo el mundo ríe, ríe, ríe…
     Soy un payaso obligado de chiste y gracia; al que le toca subir a las alturas de la casita ígnea de papel y cera, allá arriba, rozando el techo de lona. Tengo miedo. Siempre tengo miedo, un día de estos seguro que me mato. Me intentan rescatar los enanos bomberos, sus mangueras no funcionan y en vez de agua sueltan confetis. Muuuuy divertido.
     El fuego crece, ya siento el calor. Me abraso.
    Ella, la soñada de mis sueños, ahora está en la primera fila mezclada de público, hace su parte del número en la que le toca temblar por mí, para que la gente, por empatía, la imite. Estrategia comercial. Se lleva las manos a la boca, exagera el gesto y cierra los ojos aunque hace trampa mirando entre los dedos. Parece una película muda de los años veinte, una película histriónica de amor.
     Soy un pobre imbécil enamorado de una paloma.
     En el circo también está mi Jefe, el Jefe Mayor de los payasos del circo, el mandamucho, el contratador que no paga mucho, el sabelotodo del cucurucho, el del gorro de cono estrellado y la cara blanca, un hada madrina desvirtuada. Me grita, azuza a la gente que corea el ¡tírate, tírate…! Y claro que me tiro al diminuto círculo de agua, no queda otra, si no me lanzo se incendia la casa conmigo dentro.
     Un calvario, aunque peor era cuando me dedicaba a inflar sopladeras para los niños en aquel parque donde la conocí. Una mujer con sus dos hijos arañaba el monedero y se quejaba por el precio de los dichosos globitos y yo hacía vulgares perros salchichas, ratones Mickeys Mouses y jirafas, muchas jirafas...,  entonces, cuando la vi desdibujada a través de la goma traslúcida, entre lo dedos me nacieron globos en forma de rododendros, endecasílabos, esternocleidomastoideos, boas con elefantes dentro y  elefantes con sombreros. Figuras absurdas y desesperadas.
     Se apagó el parque, los niños, mis zapatos grandes de colores. Todo menos sus ojos de ópalo y su boca de rosa.
     —Chico, ¿has trabajado alguna vez en el circo?
     Y aquí estoy en la cuerda floja con el corazón hecho añicos, porque ella, caprichosa, no se decide a quererme, me vuelve loco con su no/sí, es mi sino.
     Escucho el redoble del más difícil todavía y miro y admiro a mi amada volatinera cuando hace equilibrios sujeta del aire, sortea la vida justo por donde los pájaros tiemblan. A veces se digna echar un vistazo desde su altura a éste pobre payaso de nariz fluorescente que enciende y apaga a golpe de aplausos.
     Voluble al fin, la princesa ha elegido al trapecista, un chico guapo y fuerte a quien el público admira con el cuello en escorzo y un prolongado ¡Ohhhhhhhhh! o ¡Ahhhhhhh!, y yo un menguado idiota enamorado que quisiera ser tan alto como la luna, como la luna, como la luna.























domingo, 26 de noviembre de 2017

Loulita






                           LOULITA




     Suele ocurrir, sobre todo en noviembre, que los cachalotes, zifios, calderones y delfines se acercan a nuestras islas huyendo de las corrientes frías del norte. Tuvimos la fortuna de verlos en su ruta migratoria desde el balcón asomado al Atlántico del lugar donde nos alojábamos. Después bajamos al puerto a ver la llegada de las barcas. El agua bullía a pocas millas de la costa.
     — Solo es un banco de sardinas acorraladas por los delfines —apuntó mi marido y añadió, como si fuera un experto, que hoy estarían muy baratas.
     Era tanta la abundancia de peces que las barcas estaban pletóricas. 
     Al mediodía almorzamos en "Casa Lola". Su dueña, ¡cómo no!, nos obsequió con unas sardinas asadas, la acompañamos con un vino joven del lugar de sabor afrutado servido en pequeñas jarras de cristal heladas de la que enseguida dimos buena cuenta. Luego nos atendió su hija a la que bauticé Loulita porque una pareja de extranjeros, los únicos clientes del local además de nosotros, se despidieron de ella, con un “grasias Loulita, todo mucha rico”. 
     Loulita era una mujer joven, vestía de riguroso negro incluido el delantal de grandes bolsillos de dónde sacó un cuaderno de notas y lápiz que mojaba con la punta de su lengua antes de apuntar la comanda.
     — ¿Qué desean comer lo señores? —y se lanzó a recitar con voz monótona cien mil platillos diferentes; todos empezaban con un tenemos… 
     — ¿Qué es lo que huele tan bien? 
     — ¡Ah!, es una garbanzada para la familia, si quieren les pongo una tapa para que la prueben. 
     Dos rancheras mexicanas se repetían de manera alterna, una era la de “Adelita”, y la otra cantaba y contaba sobre una pena de amor y una ausencia, su estribillo entonaba un sentido “no tengo paz, ni puedo hacer la guerra”; el vocalista arrastraba hasta el infinito la e de la gueeeerra, daba ganas de llorar y pedir más vino, tan fresquito que entraba sin querer queriendo. 
     La madre y la hija se sentaron a dar cuenta de los garbanzos familiares en una mesa cercana a la entrada de la cocina. Sobre sus cabezas pendía un helecho gigante, parecía una espada frondosa de Damocles que en cualquier momento aplastaría a las dos Lolas. La madre, al terminar de comer, subió las escaleras esquivando las calabazas secas que adornaban los escalones,  un peldaño sí, un peldaño no; colgada de un clavo una ristra seca de pimientos, y de otro clavo, un collar de ajos. El verde de la pared y el naranja de las calabazas alegraban el comedor dándole un aire festivo y un tanto caduco, hasta el san Pancracio de una estantería con su vaso de perejil como ofrenda, parecía estar felizmente dispuesto a premiar los billetes de lotería que le encomendaban. 
     Loulita tomaba café echando un vistazo de vez en cuando a nuestra mesa por si necesitábamos algo. Sacó un sobre de su bolsillo gigante y leyó su contenido muy seria inclinada sobre el papel. 
     — Seguro que es una carta de su marido muerto en la guerra —comenté. 
     — ¿Pero qué guerra ni qué niños muertos, si aquí no hay guerras? No inventes, anda..., y además, ¿cómo va a recibir cartas del finado?, los muertos no escriben... le voy a decir que quite las puñeteras rancheras, me duele la cabeza. 
     — No, déjalo, igual se ofende, y la pobre está triste ¿no lo ves? 
     — No se puede estar triste con esas piernas que Dios le ha dado. 
     Del luto de la falda asomaba la insolencia de un muslo joven y por un momento sentí celos de Loulita. Enseguida irrumpieron en el comedor dos niñas con uniforme escolar de mano de su padre. 
     — Mira, ahí tienes al fallecido —señaló mi marido con sorna. 
     El difunto besó a la viuda quien apartó la cara esgrimiendo en el aire lo que por lo visto era una cuenta impagada. 
     Mi marido pidió más vino y un postre casero endulzado con "guarapo", el jugo de la palmera canaria. Dejó una buena propina sobre el platillo de la mesa y alabó la comida. 
     —Todo muy rico, sin embargo, tengo dos observaciones que hacer: no me gustan las rancheras, y usted, Loulita, no tiene piernas de viuda. 
     De la boca de una de las niñas escapó la risa porque lo recitó con el tono solemne que presta el vino a la voz, de manera algo teatral, de pie, una mano en el pecho y la otra extendida. Yo sabía que lo hacía para hacerme sonreír porque esa mañana los delfines y calderones habían bailado delante de nuestros ojos, y sobre todo porque, por un día al menos, olvidamos nuestras diferencias, lo realista y serio que es él, la soñadora que habita en mí.