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domingo, 25 de junio de 2017

La casa del francés






                                 La casa del francés



          Las botellas vacías de absenta estorban el paso del notario y del forense que dan fe y avalan que sí, que ya no respira el cuerpo que pende del techo. Solo era un anciano maloliente que no se integraba, siempre escuchando la música de su país, gorgoritos existencialistas en erre que no casan  nada con la calle soleada vecina al club de tenis. Las sombras alargadas de las palmeras alteran la luz radiante de la calle donde vivía el francés. A veces las pelotas saltan el muro y se quedan para siempre enredadas en la mimosa de empecinadas raíces que crece salvaje en el patio del arisco extranjero. Amarillo confuso de amarillo. 

          Los del servicio social hicieron su aséptico trabajo, con guantes y mascarillas, tirando a la basura la rúbrica de toda una vida. Después se fueron. 

          El gato negro del francés  acostumbrado al hoy no hay,  sus costillas lo pregonan, se pasea por las cajas arrimadas al contenedor buscando a su viejo dueño. Asoma la cinta de la medalla al valor de cuando estuvo en Argelia defendiendo el honor de la Patri. Una vecina se lleva el gramófono, el escritorio desmadejado no, viven en él las polillas, también una domadora de pulgas. 


          En la noche de San Juan rezo una oración por el alma del francés, crepitan en la hoguera los añejos recuerdos. Una llama crece, baila y encandila los ojos de quienes la miran, aquella silla que algún vecino condena es ahora una cruz gamada por culpa del capricho del fuego. 

          Ésta mañana ha amanecido ventosa, el aire mueve las esquinas del cartel del    “Se vende”.


           Sólo conservo del francés la fotografía  de una bella  mujer de cejas cinceladas que firma al pie, y un viejo disco  que encierra la voz triste de una nostalgia rayado justo por donde se entona el Á trois temps, à trois temps, à trois temps.




jueves, 15 de junio de 2017

Mr. President



                                  MR. PRESIDENT



Mi vecino es un payaso, uno de esos tipos graciosos que  destacan por bocazas en todas las reuniones,  ya saben, siempre tiene algo que decir… el último chiste y el último chisme, seguro que ustedes conocen alguno de estos especímenes. Le ha tocado por sorteo riguroso, eso cuenta,  ser Presidente de la comunidad de vecinos, y claro, cuando hay que tratar temas serios a ver cómo le planteo al payaso con cara de payaso con chistes de payaso, que sí, que no he podido  ingresar las cuotas  comunales  desde hace tres meses  más la derrama por pintar la fachada.
—Es que… es que mi marido  se ha retrasado  en… —tartamudeé  algo nerviosa.
—Tu ex marido —concretó el Presidente.
Lo que me pasa con mi ex es que  no me acostumbro todavía a  conjugarlo en tiempo pasado.
El payaso,  antes de ser Mr. President, antes de quedarme sola con mis hijos, cuando coincidíamos en el portal o en el ascensor me saludaba con un respetuoso buenos días Mary, o buenas tardes  ¿qué tal los niños? Desde su nombramiento ha añadido un hola rica, o un hola nena, y al imbécil le da igual que vaya tirando del carrito de mi pequeña o de la mano del mayor. La última vez Carlitos le soltó un capullo como la copa de un pino, por algo sería. 
  —¡A ver si somos más educados chaval!
 Cuando le mentó a su madre, o sea, a mí, el muchacho  le dio una patada en las canillas y el energúmeno se puso a chillar entre su puerta y la mía lo de que si no pagaba las cuotas  me denunciaría por morosa. Así, tal cual, delante de mis hijos. A la mañana siguiente no dejó  entrar  a Carlitos a la piscina y me vino llorando  con el que no me deja pasar  mamá, que no me deja el Presidente entrar en su piscina.
—No es suya hijo, es de todos.
Fui a hablar con el payaso  al cuarto de la caldera donde tenía montado lo que llamaba “Su Despacho”, escritorio de metal y estantería donde las herramientas le comían el sitio a los papeles, o al revés. Tuve que contarle que  mi ex no me pasaba   la asignación de mis hijos desde hacía un tiempo y que yo andaba buscando trabajo de lo que fuera, aunque con dos niños pequeños lo tenía complicado, ¿con quién los iba a dejar?
— Sí, claro que lo tengo denunciado, pero ya sabe lo despacio que va la justicia.
—Pues ya me dirás como lo arreglamos… por lo pronto puedes fregar las escaleras y los garajes a cuenta de la deuda,  despedí a la chica que lo hacía  hace unos días, por fresca y porque no me tenía respeto.  Y tu hijo que se ande con cuidado ¿eh?
—Ya, ya me doy cuenta de tu… digo de su  paciencia, pero el niño no tiene la culpa, déjelo entrar en la piscina.
Antes de divorciarme bien que venía el imbécil a ver los partidos a casa en el canal de pago  y a beberse el whisky de marca, la gorda de su mujer pillaba los canapés de paté con espuma de fromage con la punta de los dedos metiéndolos con extremada delicadeza en su boquita de piñón. Cuando me daba la vuelta vaciaba la bandeja en un santiamén,  En aquel entonces nos tratábamos todos de tú. En el cumpleaños de Carlitos hasta se vistió de payaso con su peluca de colores y su nariz encarnada, todo un clásico, ni siquiera tenía imaginación para disfrazarse. Con los globos hacía figuras de animales, bueno de un animal, perros salchichas, todos iguales. Los chiquillos bostezaban.
          —Se lo agradezco, me vendrá bien su oferta hasta que encuentre algo mejor, claro que con la niña tan pequeña lo tengo difícil… dele las gracias también a su señora de mi parte. 

Se acerca mucho, sin más, y sin más también me aprieta contra la pared, y cuando me aparto me recuerda que limpiar las escaleras, su casa  y la de algún vecino me vendría de perlas. Y que si  soy amable con él hará la vista gorda a…  Todo esto lo dice resoplando mientras no para de sobarme, con su halitosis pegada a mi oreja.
 Me da la vuelta levantándome  la falda y, con brusquedad  me baja las bragas a media pierna. Así, sin más. 
  —Ni se te ocurra gritar  o te vas a la calle tú y tus hijos.
 La pared está caliente, la siento en mi cara y en las manos  apoyadas en ella, debe ser por la caldera que guarda dentro. Leo el letrero  de instrucciones del calefactor mientras el presidente empuja una y otra vez:  “El fabricante no se responsabiliza por daños causados al aparato, por negligencia o manipulación incorrecta”. Releo de manera automática, se acercan y alejan las letras “El fabricante no se responsabiliza por daños... el fabricante no se responsabiliza por... el fabricante no..."



viernes, 9 de junio de 2017

Biografía funesta



                                                  Biografía funesta



          Cuando era joven y con el fin de que me fuera tomando contacto  con la dinámica de la empresa familiar, por imperativo paterno pasaba en nuestra imprenta  la mayor parte del tiempo que me dejaba libre la facultad.
          Recuerdo el año en que editamos “Cartas a un niño sobre Francisco Franco”. El autor, marioneta del Régimen, firmaba con orgullo la biografía edulcorada del Generalísimo Salvador de la Patria. En aquel entonces no era fácil publicar libremente  fuera de la imposición del brazo férreo del Gobierno.  Yo odiaba a Franco con toda la fuerza de mi juventud, con el empuje de las nuevas ideas que comenzaban a fraguarse en las universidades españolas en los años 60. Lo imaginaba empuñando una pluma con la que decretaba tantas muertes de paredón o de garrote vil, porque sí, sin paliativos, sin concesiones, aunque la guerra hubiese acabado en el 39.

          “Dedicado a todos los niños españoles”. Mira muchacho: has nacido, y quizá tu padre también cuando un solo nombre en nuestro país, Francisco Franco, dice tanto como el nombre de la de la propia España. Voy a contarte la vida del Jefe del Estado español, que es como decir el Jefe de todo lo que vive y se mueve en nuestra Patria.

Cuando me negué a colaborar  con la edición de la biografía mi padre puso  el grito en el cielo, y claro, discutimos.  Entonces mi madre, miedosa del "qué dirán" bajó volando las escaleras de nuestra casa situada en lo alto de la imprenta y exclmó: ¡Ay éste muchacho nos va a matar a disgustos! Si te escucha don Agapito se nos va a caer el pelo.
Don Agapito, nuestro vecino, director de un instituto de enseñanza media, impuso en su centro  la biografía como libro de texto adicional para la asignatura de Formación del Espíritu Nacional. 
Por la noche, mientras la familia dormía, me resarcía imprimiendo en el hectógrafo   octavillas contra el Régimen; cada noche cien sumaban miles al poco tiempo.
Es posible que muchos de nosotros, jóvenes estudiantes desconcertados y algo torpes no supiéramos distinguir a Trotski de Lenin, ni en qué consistía exactamente “La Causa”. Queríamos hacer algo, lo que fuese, dábamos palos de ciegos, más a siniestro que a diestro, pues la palabra derecha se oponía, por norma, a nuestros aún inciertos principios, igual que se oponían a nosotros, los jóvenes vanguardistas,  las Fuerzas del Orden Público con sus tiros al aire tan frecuentes y certeros que atinaban en pleno corazón…, es lo que tienen las balas perdidas, que mudan su trayectoria por arte de magia. Acudíamos  sedientos de reformas a las asambleas, manifestaciones, proyecciones de películas, recitales de música y de admirados poetas:

Niños del mundo, si cae España…si cae ¡cómo va a quedarse en diez los dientes, en palotes el diptongo, la medalla en llanto!

Jornadas de actos y jornadas pacatas de amor la mayoría de las veces. Casi todas las compañeras se negaban a abrirse de piernas no sea las desmozaran,  guerreras de discursos y tímidas de bragas para adentro. Teníamos que enamorarlas como mi padre enamoró a la suya, y aunque unos años más tarde  hubo quema de sostenes fuera de las fronteras , y en el 68 el mayo francés,  aquí, en ésta España nuestra, Josefa o Paca, por muy camaradas de partido que fuesen, exigían un compromiso en regla antes de la metida de mano o de lo que se terciara, y en eso andábamos, teorizando el amor libre y aguantando el dolor de huevos entre mítines y versos.
Conocí a “Los poetas” en profundidad a la vez que a Lola. Ella fue quien me enseñó la naturalidad en los modos; a  guardarnos de los hijos no deseados; a dejarse llevar con la piel y con las entrañas; a entendernos a golpe de verso, de palabra y de actitudes. De ella me sorprendió que no comerciara con su sexo a cambio de una promesa conyugal. Recitábamos a Miguel Hernández, llorábamos lágrimas de cebolla y pena, nos amábamos con Vicente Aleixandre entre sangre a raudales y memorias melancólicas; odiábamos a Franco con la rabia de Neruda y con su misma certeza le auguramos su propio infierno.
Y claro que editamos la jodida biografía, no quedaba otra. Mi amor por Lola se difuminó en la nada, o en la casi nada. Fue ella quien me dejó, nunca he podido ni he querido olvidarla. A mis padres no les gustaba nada la Lola  roja y libertaria. Terminé casándome con una mujer muy distinta a ella.  
          Actualmente dirijo la imprenta que fue de mi padre y de mi abuelo, claro que primero vino la transición…, los desnudos desplegables de la página central de las revistas, la aparente apertura y las desilusiones en quienes confiábamos. La cultura "underground" proliferó y contratamos a un dibujante de comic  gráfico, evidente  y obsceno, que es lo que mola. Editamos sin restricciones con  publicidad incluida de cualquier producto que el mercado ofrezca. En fin, el negocio es el negocio.



sábado, 3 de junio de 2017

Te quiero Magdalena





Me llamo Madeleine, un nombre casi tan bonito como Clementine, o Albertine, pero mucho más dulce y evocador. Quienes han sentido la dicha de tenerme sueñan conmigo para los siempres de lo siempres,  amén.
Nací en Commercy, un lugar casi anodino si no fuera por mí. Conocerme es recordarme. Otras congéneres incluso más exquisitas que yo no han corrido la misma suerte. Voilà! La vida es así. Soy cúpula edulcorada, alfombra mágica, puente de plata, puerta del cielo, causa de alegría, salud de los enfermos, dulce estrella de los desayunos  y de las meriendas también.
Mi presentación oficial fue en un banquete ofrecido por el Duque de Lorena. Todo empezó porque en las cocinas del castillo el intendente y el cocinero se pelearon, soltaron los mandiles, espumaderas y sartenes, hasta con las harinas arramblaron dejando a los invitados sin postres. Entonces aparecí de mano de mi creadora y todos quedaron encantados conmigo. Entré con un poco de miedo, tímida y sencilla, sin aguas de azahares, sin abalorios ni guarnición, sin pasas, ni almendras, ni piñones, ni canela. Tal cual. A todos sorprendí y hasta tal punto, que el Conde me envió como regalo a la Reina María de impronunciable apellido “Leszynska”. Fui regio regalo en bandeja de plata, y dulcifiqué los paladares Versallescos. Algunos cortesanos quisieron llamarme Pastel de la Reina, por fortuna respetaron  mi precioso nombre de Madeleine.
          Mucho más tarde me conoció el burgués de las narices, un tal Marcelo enredado de palabras. Mira, ahora me prueba con te o tila, nunca se ponen de acuerdo los traductores del brebaje evocador, y Marcelo sueña…, sueña o ensueña. Está abrumado que rima con bruma. Me besa y se estremece. El vaho en espirales envuelve su nariz y todo Combray entra en su taza. Ora la torre de la iglesia, ora su ábside, la nervada cúpula, los rosales  que surgen de un  recodo del camino, o la luz que esmerila los cristales.
Y aquí me tiene desmigajada flotando sobre el líquido casi frío, nunca me han tratado así. Este hombre es un desastre, ya te digo.
Marcelo mira las gotas de la reciente lluvia que forman pequeños caminos  en los cristales de la ventana, una rama del espino asoma y el color rosado de los brotes le hace sentir tan feliz como una perdiz de final de cuento. Cuelga alguna miga  debajo de su mostacho y a golpe de pluma mi esponjoso cuerpo se convierte en un recuerdo  proustiano.

lunes, 29 de mayo de 2017

Sueños de papel





                                              SUEÑOS DE PAPEL


      —Tengo una lancha preparada Rachid, solo hay que esperar a que el agua esté como una alfombra y no haya luna llena.

     Rachid y su primo Muley hablan en voz baja junto al candil de petróleo cuya  luz  tiñe de tonos ambarinos los racimos de dátiles expuestos, incendia  los higos secos, acentúa de amarillo el azafrán colocado en pirámide y el bermellón de las especias.

     —¡Cuidado! —alerta Rachid.

     Se sitúan junto al oscuro mostrador de la carnicería, fuera del oído de los guardias, detrás la rotunda espalda  de una mujer marcada de glúteos, Gala Ifneña.  Sobre ella,  pende colgada de un gancho la cabeza ensangrentada de un camello con la mueca amarilla de los dientes y parece que sonríe plagada  de movibles lunares negros, moscas ahítas de glotonería pegadas al pastelón sanguíneo, enorme, mil veces mil al tamaño de sus bocas. Las moscas no pasan hambre en Sidi Ifni. El carnicero es un muchacho con calva y camiseta de letras que pregona Green Peace , no casa nada el ecologismo con el muestrario de cadáveres a tanto el kilo.

     El abigarrado mercadillo bulle en la noche del sagrado Ramadán al ritmo de la fiesta, al compás de la música.
 
     —Te hago un regalo al ofrecerte un sitio en la barca, ya sabes que sobran los candidatos.

      Rachid se siente inquieto, pregunta nervioso a su primo  cuántos y quiénes embarcarán.

     —Hibrahím, Abdelkader, Karím, los dos hermanos Abdalá y nosotros.

     Sellan con un abrazo apretado el compromiso para la primera noche de mar en calma y tiempo propicio. Sus ojos brillan más que el carbón del anafre donde se asa la carne.

     Baba mira en silencio los preparativos de su hijo.

    —Padre, soy joven y fuerte, no hay trabajo, no hay comida... me muero de impaciencia, no soy un perro sumiso del reino de El Magreb,  soy un hijo de la tribu de los Ait Baamarán, por mis venas corre un guerrero.

     Rachid es un hombre aunque solo tenga dieciséis menguados años. Levanta el hijo la cabeza y el padre reza su rosario de cuentas de ámbar: En el nombre de Dios, el clemente, el misericordioso

     Su hermana le  prepara una tagine de pescado frito y  pimientos aderezados  con  comino y salsa blanca de tahína;  al sabor del sésamo parece que el cielo invada su boca. Naíma envuelve algunas tortas de msemen con miel y lo guarda en la mochila de su hermano, los españoles lo llaman dulces de pañuelos por la manera que tienen de doblarse sobre sí mismos en cuatro pliegues simétricos.

     — Adiós Imma.

     — Dios te bendiga hijo.

     Su madre le da tres besos, el último en la frente, el de la bendición.


     Enfila el puerto bajando por  la calle  del Generalísimo Franco durante el tiempo que Sidi Ifni fue colonia española,  ahora llamada de Ibno Sina.

     Cinco metros y medio de eslora y dos de manga a la búsqueda del sueño de papel, la residencia española. Detrás las luces de su pueblo se disuelven. No, no es niebla, son lágrimas que cristaliza la costa Ifneña.

     Suena  una sura en la noche sin luna, cantinela apagada que acompaña el sonido del motor de gasoil. Golpea el agua la proa con un monótono ritmo.

               Guíanos por el sendero recto,

               El sendero de quienes agraciaste,
 
               No el de los execrados, 

               Ni de los extraviados

     Muley  vomita, Rachid pasa un brazo por el hombro de su primo  y aguanta las arcadas mientras  amanece o parece que amanece.





martes, 23 de mayo de 2017

Por ellos, por todos ellos





                                                     Por ellos, por todos ellos





     Cuando intento hacer memoria de aquel once de marzo, me recuerdo bajo la urdimbre del decimonónico atrio de la estación de Atocha sentado en uno de los bancos de forja que hay junto al invernadero, húmeda cúpula protectora sobre las plantas tropicales: orquídeas, plataneras, helechos, palmeras, rosas chinas y hasta tortugas de agua ajenas al frío de la mañana. A mi lado, un trasnochador con la madrugada aún pegada a sus roncas cuerdas vocales, entonaba la canción de ¿Qué hace una gaviota en Madrid? del cantoautor canario Caco Senante. Y así es como me sentía siempre en esa ciudad, como un pájaro extraño y ausente, más aún entre el bullicio del hormiguero de la estación madrileña donde esperaba a mi hija María.

     No es fácil ser padre desde tan lejos. De vez en cuando escapaba de las islas para ver a mi hija. Si su madre y yo nos hubiéramos perdonado el daño que nos hicimos, el que le hice; si hubiese podido estar más a menudo con ella, si no le hubiera insistido a María que faltara a sus clases aquel jueves… aún sigo conjugando el verbo haber en tiempo pasado y condicional. La conciencia de mal padre, o de padre a destiempo, me abruma y llena de pena. No puedo dejar de torturarme.

     A las 7: 34, conservo el mensaje, María me avisa de que llegará a la estación en cinco minutos…yque la espere. ¡Pues claro cariño! Me lanza un sonoro beso. Unos minutos más tarde Atocha tiembla. Son las 07:37;  a las 7:38 explotan dos bombas más en la estación de El pozo del Tío Raimundo, y otra al mismo tiempo en la estación de Santa Eugenia. Cuatro bombas detonan a una en la calle Téllez, 500 m. antes de la entrada a la estación de Atocha llamada también del Mediodía.

     Todo es un infierno.

     Llamo a mi hija. Suena su móvil. La llamo mil veces.

     Los primero que auxiliaron a las víctimas contaron que las llamadas de los móviles no paraban de sonar. Algunos heridos contestaban. Los muertos no podían, nadie se atrevía a contestar por ellos, al menos al principio.

     Guardo su recuerdo de la última vez que la vi en la misma estación de Atocha, llena de vida, subiendo al vagón nº 2 Era verano y vestía vaqueros rotos y una leve camiseta de tirantes.

     A menudo, las estaciones siniestradas de Madrid se llenan de flores, retratos, oraciones y velas por mi hija María y 150 españoles más.

     Y por los 16 rumanos.

     Por los 6 ecuatorianos.


    Por los 4 polacos.


     Por los 4 búlgaros.


     Por los 2 dominicanos.


     Por los 2 marroquís.


     Por los 2 ucranianos.


     Por los 2 colombianos.


     Por los 2 hondureños.


     Por el brasileño.


     Por el cubano.


     Por el senegalés.


     Por el chileno.


     Por el filipino.


     Por la francesa.


     Por los dos nonatos de tres meses y ocho meses de gestación. Por sus madres, una de ellas sobreviviente.

     Por todos los de la  madrugada negra de Mánchester, por todos los que mueren en nombre de la intolerancia en cualquier rincón del mundo.


     Y aunque me duela, intento recordar a mi hija como la última vez, sonriéndose a si misma en la imagen reflejada del cristal de la ventana de un tren tan encarnado como la sangre vertidas de las 191 víctimas mortales de los que se hacen llamar salvadores.

     Yo los llamo asesinos hijos de putas
.


    

miércoles, 17 de mayo de 2017

Pepito y Dios






                                                       Pepito y Dios


Las personas aturdidas asoman a mi espejo cuando pierden la conciencia de lo que son, algunas entran en mí y ya no salen. Me alimento de sus almas. Soy Dios, el Dios del estanque dorado. Recuerdo a Ofelia, tan hermosa, tan muerta de amor con su cabello flotando en mis aguas. Le he robado  su voz para llamar  a Pepito que asoma con precaución por el borde de piedra, no se fía nada de mí.

          Chiquillo... illo... illo... illo... illo... illo...

Ni siquiera se agacha, aprieta el puño izquierdo dispuesto a defenderse de los dragones del parque, de las ramas secas del árbol que rozan su espalda, de las ranas que croan, de las que no croan también, de la perca gigante que nada tranquila, se refleja su cuerpo rojizo en los cantos del fondo del estanque y parece que dos peces invertidos naden a la vez y hacia el mismo sitio. Un baile.

          Vuelvo a llamar con mi dulce voz impostada al muchachito de la orilla:

          Escucha... escucha... cucha... cucha...

          Esto no me gusta, no es divertido, piensa Pepito. Entonces cambio de estrategia, ya no soy un pez, ahora soy un grillo, froto mis patas contra las alas y los chirridos envuelven al niño por todos lados, no sabe si sueno por aquí, o por allá.

Pepito… pito… pito… pito… pito… soy un grillo cri-cri, solo un grillo.

Enseguida se pone a buscar debajo de las piedras, entre las hojas, hasta que me encuentra y dice, y digo, decimos los dos: ¡Qué guay... qué guay... qué guay!

Ahueca la mano como si fuera una copa y con cuidado, sin cerrarla del todo, me guarda en su gorra de lana gris y me lleva a su casa. No puedo respirar, como soy un Dios me convierto en aire ¡Flop! Ahora soy aire,  fui grillo, y  agua, también  fui luz y antes de la luz puede que sombra.

Cuando el niño abre la gorra-jaula salta un pequeño pez.  El chiquillo se queda asombrado  pues con  un ¡Allez hop! hago   que su último recuerdo fuera pillar un pescado en vez de un grillo,  ¡qué listo soy!... y corriendo corriendo el niño me lanza en un círculo abombado del que, por muchos esfuerzos que hago, no puedo escapar. A través de sus paredes miro a Pepito que me mira a mí. Le ordeno que me libere, pero nada, no hay manera, por lo visto lejos del estanque solo soy un prisionero sin poderes celestiales al que tienen que alimentar porque si no la palmo.

Pasa el tiempo, no se cuánto,  ¡el tiempo de los humanos es tan constreñido! Se contar siglos, milenios, eternidades, pero no los segundos que bailan muy despacio  dentro de esta cárcel de cristal.

Y por fin, un día  me sacan de mi letargo, me bambolean y agitan. Puedo ver desfilar los paisajes  de manera precipitada, a través de la ventana del coche veo un poco   de cielo que se mueve rápido… rápido… rápido, veo el cuerpo de Pepito piramidal, desde el regazo que me sostiene parece un gigante, sus manos son enormes, dos manchas blancas que rodean mi cárcel traslúcida, su cabeza se pierde en las alturas, parece un Dios. Ahora asoman las copas de los árboles del parque donde moraba mi sueño - estanque. Lo dejamos atrás, y con él mis esperanzas de regresar al reino de los cielos.

Ya llegamos.

Las manos de Pepito sostienen la esfera que me circunda y con un grito de alegría me lanza al agua. Un agua agitada, inmensa, salada, donde hay otros peces mayores que yo, otros dioses que me devoran enseguida. Desde el estómago de uno de ellos escucho a Pepito feliz gritando un: ¡Adiós, adiós… qué te vaya bien!







jueves, 11 de mayo de 2017

El cementerio de San Dionisio





                               El cementerio de San Dionisio




     De aquellos días recuerdo que Simón, el antiguo sepulturero, me contaba la historia del lugar en mayestático equilibro, ni sereno, ni entero, y es que era uno de esos borrachos dignos que nunca perdía las formas, parecía un ilustrado guía de voz engolada cuando hablaba sobre San Dionisio.

     —En 1893 una epidemia de cólera invadió la isla diezmando a sus habitantes, fue especialmente cruenta en ésta zona donde se abrieron varias fosas comunes para albergar tantos cuerpos. Unos años más tardes construyeron sobre ellas este pequeño cementerio de San Dionisio, como usted puede ver,  está destrozado.

     Enseñaba el lugar con un amplio gesto de la mano que abarcaba las desvencijadas tumbas, las cruces, en ángel de la entrada, la que antaño fuera la capilla y ahora un cuarto de aperos oxidados,  el bajo muro que separa el cementerio de la playa y el chiringuito del fondo donde siempre acabábamos tomando algo.

     —¿Cómo van las cosas? —me preguntaba Simón mirando con curiosidad los planos del futuro crematorio, supongo que intentaba congraciarse conmigo para que  le invitara a una copa.

     —En unos meses tendré listo el trabajo, aunque siempre hay algún detalle que no termina de encajar —le expliqué, yo tampoco tenía con quién hablar, no quería confianzas excesivas con el equipo de albañiles.

     —¿Ves? —señalé el terreno —ahí irán los dos hornos y el “Jardín Dorado” para el depósito de las cenizas, allá las tres plantas con vistas al mar, en el otro extremo un pequeño cementerio para mascotas.

     —¿Pero van a quitar las tumbas?, tengo a mi madre enterrada aquí.

     —Conservaremos la capilla y el ángel, no modificaremos demasiado el antiguo recinto, sólo subiremos la tapia para instalar los nichos de las cenizas. Éste lugar tiene carácter, la tendencia actual es combinar lo clásico con lo puntero, ¿entiendes de lo qué hablo Simón? —le pregunté enderezando los planos que el hombre miraba del revés, el ángel y su flamígera espada boca abajo como un mal presagio. Simón se entristeció sin motivo aparente, se le escaparon dos lágrimas grandes; una resbaló despacio haciendo un camino sinuoso hasta la barbilla, la otra se quedó parada junto al lagrimal, y no entendía que teniendo ambas la misma densidad de tristeza, hicieran camino de diferente modo. No se por qué recuerdo con tanta claridad estos detalles. Lloraba sin pudor, con seriedad y en silencio, sin hacer muecas. Me impresionaba un poco.

     Le pregunté cuanto tiempo estuvo trabajando en San Dionisio.

     —Hasta que lo cerraron, de sepulturero, de jardinero, de lo que fuera… tenía las tumbas como la patena y al muro no le faltaba nunca su manita de cal, mire que pena como crece ahora la maleza, aquella siempreviva la planté en el sesenta y cuatro, justo el año que cerraron el cementerio.

     —¿Todos los enterrados en la fosa común murieron por la epidemia?

     —No lo sé don Tomás, a mí me emplearon después de la guerra, a finales del treinta y nueve… no, del cuarenta, cuando terminaron la carretera, al cierre de  cementerio fue cuando me dieron la patada. Allí tengo enterrada  a mi madre, en aquella tumba,

     —Eso ya lo dijiste antes... ¿tu padre también era sepulturero?

   Mi padre trabajo en  la carretera, casi todos los presos ayudaron a construirla, y después los mataron.

     — ¿De qué presos hablas?

     —De qué presos van a ser, los de la guerra. Ahí debe estar también mi padre, entre un montón de muertos, Dios lo tenga en su gloria invíteme a un trago por caridad que sea de ron si puede ser.


     Lo dijo todo seguido,  sin respirar. Pedí otros dos rones y al rato volvió otra vez con la misma murga

     —La tengo ahí a mí madre, bajo la parra. Como va a comprar usted el Campo Santo cuando me toque a mí podría usted hacerme el favor don Tomás de enterrarme con ella.

      Desistí de explicarle al infeliz  lo que es una multinacional.

     De aquella noche no recuerdo casi nada, sólo un puñado de imágenes turbias. Simón y yo bebiendo, Simón y yo cerrando bares, un vago recuerdo de una pelea con alguien, creo que nos echaron de más de un sitio. Cuando desperté estaba aterido en el suelo de la capilla pegado a la espalda del sepulturero compartiendo una manta que hedía, su cabeza a unos centímetros de mis ojos. No puedo olvidar la oquedad en la base de su nuca, un pequeño hueco oscuro. Luego se dio la vuelta y me sonrío. No sabría decir que apestaba más, si su boca etílica, o la manta que aparté con asco. La misma hediondez de cuando unos días después, excavando el subsuelo adyacente al cementerio encontramos otra fosa. Los restos que pudimos ver tenían en su mayor parte  agujeros en los cráneos. Comuniqué el hallazgo de inmediato a mis jefes; la consigna fue seguir trabajando, echar cemento sobre la fosa extra muros, despedir al maquinista y a los dos peones, pagarles un sobresueldo a todos y contratar a otros que no fueran del pueblo.

     Eso hice. 
Desde entonces siempre tengo sed.

     Y luego una larga nebulosa, un rosario de días iguales los unos a los otros, días de medir a golpe de pasos tambaleantes el cementerio porque nunca encajaban las variables medidas: unas veces se alargaba unos metros hasta el fondo, otras parecía ensancharse y comerse parte de la arena de la playa. Días de borracheras que terminaban casi siempre durmiéndolas en la capilla junto a Simón.

     Una amanecida le pregunté a bocajarro que si estaba muerto.

     —¡Qué carajo voy a estar muerto! —respondió colocándose bien el mugriento pañuelo en torno al cuello.

     La carta de despido no tardó mucho en llegar, recuerdo que sentí alivio. Le entregué el dossier de documentos al nuevo técnico, un tal Federico... no recuerdo su apellido, un joven sudoroso de cartera y chaqueta al hombro, parecía un profesional eficiente con los instrumentos de topografía listos para comenzar el trabajo. 


     Nos tomamos la penúltima Simón y yo, mientras al fondo, el eficaz perito medía con destreza el pequeño cementerio de San Dionisio.