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martes, 5 de septiembre de 2017

Good Bye Lenin

         Good Bye Lenin











                                                              Good Bye Lenin


     Al salir del despacho me encontré de repente a Lenin. Por fortuna me había escapado un poco antes, apenas unos minutos, entre el tumulto de la salida del personal difícilmente me habría reconocido. Adelanté a un hombre alto. Me miró con algo de descaro, como miran los hombres a las mujeres, o eso creí. Por educación le di las buenas tardes de cortesía. 
     —¿Molly…? 
     Me giré sorprendida, nadie me llamaba así desde hacía una eternidad. En realidad mi nombre es…
     —Soy yo, Lenin.
   En ese instante, un tropel de gente apresurada bajó las escaleras, todo el mundo hablaba casi al mismo tiempo, los únicos silenciosos éramos Lenin y yo colgados de nuestros ojos a la espera de que amainara el ruido, las voces, el bullicio, las despedidas.
     Mi jefe se paró un segundo para recordarme algo que, sin falta, teníamos que hacer al día siguiente y a mí me hacía maldita gracia el comunal deber, como si los dos no supiéramos que el asunto tan urgente lo resolvería yo sola y a primerísima hora, por supuesto. 
     —Hasta mañana Carmen, y ya sabes, no te olvides de…
     —Que no, que no me olvido. Adiós.
     Por fin todo el mundo se evaporó y nos quedamos solos Lenin y yo.
     —¿Cómo estás? 
     —¡Cuánto tiempo! Estás igual que siempre Molly, preciosa.
  En el peldaño intermedio que nos separaba nos dimos un cálido abrazo, un abrazo prolongado del que costó soltarse. 
     —¿Qué haces aquí? —le pregunté con la voz aún agitada.
     —Vine a..., no importa a que vine. Estoy aquí, dime... ¿eres feliz?  
   Pensé en contestarle que Molly había muerto cuando dejó de quererme como dejan de querer los hombres egoístas, de manera lenta, poco a poco, con excusas, con retardos, con ausencias cada vez más prolongadas. No, ya no soy la misma. Una queja suave escapó de mi garganta que enseguida oculté con una tos algo nerviosa, le rocé con la punta de los dedos el fleco lacio que tapaba en parte el paisaje de sus ojos, y ya no supe que más decir. Él tampoco. 
     Silencios como espacios huecos en el rellano de la escalera. 
     El bedel entornó una de las pesadas hojas de la puerta principal del amplio zaguán, aún continuábamos sin saber que decirnos, dos figuras estáticas y algo desconcertadas bajo la luz indecisa del portal en semi penumbra. 
     —Tenemos que cerrar señores —avisó el conserje.
     —Ya nos vamos Manuel  —me excusé. 
     —Comemos juntos ¿de acuerdo? ¿Te has casado o tienes pareja? —Sin esperar contestación, como siempre, volvió a hablar de sí mismo, eternamente Lenin —¿Sabías qué he vuelto a publicar?
     —Sí, tengo tu último..., tengo todos tus libros, enhorabuena.
     —Tengo muchas muchas, muchas cosas que contarte Molly.
     Pensé que no, que ya no tenía nada que contarme, ni yo necesidad de sus caducas historias.
     Ya en la calle me solté de su mano, le di un largo y lento beso en los labios y un definitivo Good Bye Lenin, que te vaya bonito.





22 comentarios:

  1. Esos encuentros, después del paso del tiempo son devastadores, porque ya no queda casi nada, solo la ceniza de los recuerdos.
    Evidentemente él no ha cambiado y ella, Molly/Carmen, lo ve con toda claridad y es buena esa despedida, ese beso que es un punto final.
    Me gustó mucho, Isabel.
    Te agradezco enormemente el trabajo que te estás tomando para ponerte al día con la historia de Piera.
    Un abrazote bien grande.

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  2. No es un trabajo Mirella, da gusto leerte.
    Sobre la historia de Molly... hay que saber soltar lastre ¿a qué sí?
    Abrazo de los fuertes.

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  3. La distancia es el olvido, tanto temporal como espacial. Lo que murió difícilmente volverá a renacer y Molly supo percibir el Dejà vu de su relación con Lenin. Imagino que siempre quedan mariposillas pero la madurez sabe como espantarlas. Excelente relato, Isabel. Un abrazo!!

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    1. ¡Uy! la madurez está sobrevalorada creo :), lo digo desde la ironía más cáustica claro.
      Gracias David, Dos abrazos!

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  4. Qué bien cuando puedes echar la mirada hacia atrás, te das cuenta que ya no significa nada aquella persona tóxica que te hizo sufrir y dices: "Good bye, Lenin". Un beso, Isabel. Como siempre, es un placer leerte

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    1. Este pequeño relato ya lo habías leído en la página de T.R., recuerdo algún comentario tanto tuyo como de nuestro común compañero Jorge.
      Un "que te vaya bonito" a lo Chavela Vargas.
      Gracias Anita.

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  5. Ojalá que te vaya bonito
    ojalá que se acaben tus penas
    que te digan que yo ya no existo
    que conozcas personas más buenas...

    Qué buen relato Tara. Creo que en general los hombres somos egoístas y muy torpes, nos enseñaron a creernos indispensables y ahí vamos como los grandes salvadores. Me encantó.
    Abrazos.

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    1. Bueno no sé..., creo que el egoísmo no es cuestión de géneros, sino como tú dices, una cuestión educacional y en eso tenemos que ver las madres, las mujeres y compañeras consentidoras.
      ¡Qu´bien que te gustó Gildardo! Gracias compañero.

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  6. Hola Isabel (¿ves?, ahora te digo Isabel para que el celular no escriba lo que a él le parece). Autorizado a llamarte Isabel, quiero decirte que el relato me gustó mucho y de corazón, porque la cotidianidad con que Molly/Carmen relata lo que pasa, es lo que vuelve dramática la narración.
    Es el darse cuenta, esa indiferencia que queda disimulada por el comedimiento, lo que para mí crea una escena impactante y visualizable.
    Un abrazo grande, amiga!!

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    1. Hola Simón.
      ¿Ves? no solo eres buen escritor, sumas ser buen lector comprensivo de una situación donde "el soltarse" conlleva una dosis de esfuerzo, casi dolor, que Molly intenta disimular o suavizar. Simón sabe traducir muy bien las emociones.
      Un abrazo grande de parte de Isabel.

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  7. En un relato cortito eres capaz de definir dos personajes cuyos rasgos principales quedan bien trazados. Sin duda la relación marcó a Carmen de un modo profundo, a pesar de que el abandono fue doloroso como ella misma recuerda, parece guardar todavía el recuerdo de Lenin y quizás albergar la posibilidad de que todo comience de nuevo, ese "tengo todos tus libros" da la impresión de que es un intento por tener cerca lo único que puede conservar de él. Sin embargo en el reencuentro es cuando se da cuenta que él sigue siendo el mismo y que no tienen ya nada en común, nada tienen que decirse en ese largo silencio. La decisión es rápida, un beso y un adiós que es ya definitivo.
    Él es un tipo preocupado por si mismo, después de tanto tiempo lo primero es hablar sobre él y sus cosas. El final de la relación que rememora Carmen lo describe con acierto.
    Una frase a destacar "Silencios como espacios huecos en el rellano de la escalera". Y el nombre de Lenin, ¿es sólo una excusa para el juego de palabras con el título de la película?. saludos.

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    1. ¿Qué tal Jorge?, me encanta que siempre incidas en las frases que yo considero... no sé si más acertadas, pero sí más sentidas.
      Sobre la peli...es posible que Molly y Lenin la vieran juntos en su día, pero no me hagas mucho caso que no conozco a la pareja :)
      Como siempre compañero haces comentarios certeros.
      Hasta pronto Jorge, deseando leer algo tuyo de nuevo.

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  8. Ouuch, de repente me duele el corazón.
    El relato ha sido tal cual como una escena de peli, pero también de vida real. Qué duro es decir adiós, aunque a veces sea lo más sano para el corazón.
    Besos, Tara.

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    1. Si que es duro... a todas y todos nos ha pasado en alguna ocasión algo parecido ¿o no?
      Muchos Besos Sofía.

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  9. Estoy de acuerdo con Gildardo, la torpeza de los hombres no tiene límites,... afortunadamente queda vuestro acierto. Estupendo corto Tara!

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    1. Muchas gracias compañero, me alegra que te haya gustado.
      He estado echándole un ojo a tu magnífico blog, ya te lo dije en "A resguardo del tiempo" . Se abre el espíritu y las ganas de viajar leyéndote.
      Hasta pronto.

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  10. El relato tiene unos valores cinematográficos innegables, en sí mismo nos hace ser testigos de un reencuentro insospechado que propiciará un último y amargo adiós en un plano detenido y una atmósfera cargada de un desencanto herido, la caída de las mal llamadas revoluciones la trasladas al terreno del amor, al abandono de un nombre que no pensó en otra suerte que la suya, al momento en el que deben enterrarse los recuerdos y no querer intentar edificar un pasado en el que todo volvería a ser lo mismo.

    Magnífico relato, Tara, ya no me sorprende ni la variedad ni la calidad en todo lo que acometes.

    Un abrazo.

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    1. Sobre la película en la que en parte me inspiré, al menos con el nombre de Lenin...las escenas de "la ventana indiscreta" son impagables, ese Lenin derrocado de su pedestal viajando por el cielo con su dedo acusador...ese gigante letrero de Coca Cola Yanki...ese supuesto paraíso perdido para los idealistas puros de corazón y ciegos de mente...en fin.
      Luego están las experiencias personales (no solo las ías) que traslado al papel, y salen cosas como estas (o engendros, según el día :))))
      Como siempre Francisco, muchísimas gracias por saber leer con los ojos adecuados.
      Un fuerte abrazo compañero.

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  11. Me ha encantado la atmósfera que has creado en este encuentro de Molly y Lenin. Han compartido una parte de sus vidas, en una relación afectiva, emotiva, y él se ha ido alejando de a poco, "como dejan de querer los hombres egoístas". Hay un intento de Lenin de retomar, pero ya Molly no tiene necesidad de escuchar sus caducas historias, y lo expresa de la mejor manera: "que te baya bonito". Has elegido el mejor lugar para contar esta relación que fue y ha quedado en el pasado.
    Un abrazo.
    Ariel

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    1. ¡Hola querido Ariel!...dices que te gusta la atmósfera del relato... creo que el tono, la atmósfera hay que saber elegirla para que la emoción, o el mensaje que se pretende, llegue. Espero haberlo conseguido en esta ocasión.
      Hasta pronto mi amigo.

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  12. Que cosas!!! Una mini historia bien lograda, que pudiera resumir con un "lo que pasó pasó y lo que sigue". Para atrás ni para agarrar vuelo.

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  13. El pasado que se quede en el pasado. Gracias Seúl, por volver.

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