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viernes, 14 de julio de 2017

La otra




 

                                                                         LA OTRA

                          
     El faro asoma su largo cuello pétreo por encima de la escollera, parece que haga un guiño al mar pletórico de barcas. Se celebra el día del Carmen. Los marineros pasean a sus vírgenes, tan apretados los pueblos costeros qué se rozan las fronteras de las parroquias. Codo a codo, los curas bendicen el mar a golpe de hisopo.
     En la cofradía de pescadores han arrestado a “la otra”, la no bendecida de oficialidad ecuménica, no le han dejado pasear el agua de julio. 
     La oficiosa quiere que la saquen, pero el cura dijo que no, y lo elevó  al Obispo; su Excelencia Reverendísima se negó, y lo elevó a prohibición; el pueblo dijo que sí, que sacarían a su Carmen bendecida o no, porque lo dice el pueblo y punto. 
     No pudo ser. Custodian su urna dos guardias civiles henchidos de devoción mariana, sostienen los tricornios acharolados sobre sus pechos. Huele la cárcel a flores, a brea, a calafate y a ron, también a pregón de sardina fresca y a coraje contenido… si no fuera por el retén de la pareja armada ya se habría liado la marimorena, seguro.
     La virgen no tiene capilla, sólo una vitrina de cristal en la cofradía, y ahí está Carmen, más bonita que ninguna, enjoyada de promesas, hierática virgen prohibida. Sólo tiene doce años, la compraron los pescadores con sus dineros en una tienda de un ex dominico, comercio que hace esquina a la porteña iglesia llamada de La Luz. Su propietario vende imágenes policromadas de santos, ángeles, vírgenes, cirios, reliquias de todas clases, y hasta un pedacito del madero aquel que dio para tanta venta. La compró el pueblo sin la ayuda de la iglesia. El guardia Rafael dio cien mil pesetas de las de antes; un tal Antonio, carpintero, le hizo la urna; otra vecina le cosió el manto azul, y el patrón del “Capitán Lezama”, la trajo a la cofradía en su furgoneta envuelta en varios sacos de arpillera no fuera que se quebrara por el camino. Él hubiera querido envolverla en raso, terciopelos y sedas, pero lo que “hay es lo que hay”, y con éste pensamiento se conformaba el hombre.
     Así que llegó la virgen hizo enseguida varios milagros, porque Juana recibió al día siguiente carta de su hijo desaparecido en la que contaba que estuvieron a la deriva muchos días, y que arribaron a las costas berberiscas con vida, que pronto volverían y daba recado de encender velas a la virgen del Carmen en agradecimiento. También, al amanecer del día siguiente al que trajeron a la imagen de la capital, las barcas volvieron cargadas de atunes, tanto que casi se hundían. 
     Por fin tenían madre amantísima estrenando devotos, cautiva liberta de la vitrina de aquel fraile que rezaba: ”Se vende virgen a tanto, manto y corona aparte”. Sí, el pueblo ya tiene patrona aunque no la avale ninguna aparición, ni el beneplácito de la santa madre iglesia.
     Por la tarde del día de fiesta, ya apagado el bullicio de las procesiones vecinas, cosen las familias las redes y apañan los aparejos bajo las sombras azules de las barcas. Se escucha el rasgueo de las cuerdas de un timple y una voz de cristal que pregunta, siempre pregunta lo mismo la otra:
     Hijos míos, ¿ya hablaron con el Señor Obispo de lo mío?