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sábado, 19 de agosto de 2017

III Aguada (Piratas y Corsarios)





                                                             III AGUADA



    Derrotado Drake, huye con su escuadra. Parte de las naves recalaron en la costa sur de la isla de Gran Canaria con el fin de hacer aguadas, recoger leña y reparar  las naos  descompuestas por los avatares sufridos. Unos pastores de cabras de los que por aquellos desiertos parajes andaban dieron voz de alerta de que los ingleses arribaron a la playa nombrada de Arguineguín. Otros pastores aborígenes no estuvieron de acuerdo con dar aviso del acontecimiento, pues pensaban que daba igual que el enemigo fuera castellano, inglés, turco o berberisco. 
  El capitán Rodrigo marchó con dieciséis jinetes a defender cualquier intento de desembarco. El escribano por orden del Gobernador junto a él para dar fe de lo que ocurriera. Durante el camino confesó a Rodrigo que su esposa pronto habría de darle un vástago, a lo sumo en cinco o seis meses, y al decirlo erguía su escuálido cuerpo sobre la montura orgulloso de poder obtener la deseada descendencia. Rodrigo, de solo imaginar a su preciosa Eleonor, su hasta ahora esbelta Eleonor, frágil, casi etérea Eleonor... con el vientre henchido y la cintura deforme, su deseo por ella, lo que creía apasionado amor se disipó  al instante. Suyo no era, pues solo la había soñado y ella habíale prometido que el esposo por más que lo intentaba no podía acontecerla. Eleonor, la de los ojos de luz, la de blancas manos y boca mentirosa. Ya habría otras beldades, vírgenes o no, desposadas o doncellas por las que suspirar.
    El escribano dio cuenta por escrito de lo que aconteció, y fue que primeramente hicieron presos a dos piratas que andaban recogiendo leña confesando donde estaba el resto sobre los que cayeron los pastores canarios armados de palos, piedras y determinación. De sí mismo escribió  que mató a siete. 
    Sobre los demás del grupo, los que no tuvieron tiempo de huir e iban armados, actuaron los arcabuceros tomándose su tiempo para fijar en el serpentín la mecha ya encendida, trenzada y empapada de salitre, soplando y avivándola luego. Un aguerrido pirata casi   consiguió alcanzar a  un soldado quien puso el pie en el estribo de la ballesta forzando la cuerda hasta lograr  engancharla en la nuez y disparó hiriendo de muerte al inglés, tan joven que no tendría más de doce años, puede que trece. 
    Sobre la arena yacen los muertos y algún moribundo, es entonces cuando, por fin, asoma  el escribano parapetado ente dunas y matorrales, y a uno que intenta levantase le clava su espada con saña y fuerza. Cae de manera lenta y grave, se agarra el vientre, sus ojos azules tan abiertos que todo el cielo cabe en ellos. Todo el cielo. El muchacho aprieta el puño, murmura algo apagado que no se entiende, burbujea de sangre las comisuras de sus labios. El escribano fuerza su mano creyendo que esconde algo de valor... solo es un trompo de madera con la punta de metal clavada en la palma; la esfera tiene líneas grabadas en su cuerpo de madera en blanco y rojo como la bandera corsaria protegida de Reina inglesa. Cuando el trompo daba vueltas se hechizaba la mirada hasta que la peonza cabeceando dejaba de girar. El escribano lo guarda en bolsillo, será un buen juguete para su futuro hijo. También se queda con la pistola aún humeante y el puñal del cinto.



                            fin